Sociedad • Espiritualidad hindú

Meditación Krishna en Colegiales

Para sanar los males causados por una vida basada en la obtención deseos inmediatos y materiales, hay quienes optan por medidas religiosas y hasta místicas. Una de ellas es la devoción por Krishna, uno de los dioses del hinduismo.

Camila Ortega // Miércoles 28 de noviembre de 2018 | 13:12

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Entre los que asisten a la meditación a través del canto hay músicos, médicos, psicólogos y profesores. (Fotos: C. Ortega)

“Servirle a Krishna es lo que más me hace feliz en la vida”, dijo Kirtida Devi Dasi, residente del templo.

La Asociación Internacional para la Conciencia de Krishna es una entidad fundada por Su Divina Gracia Abhay Charanaravinda Bhaktivedanta Swami Prabhupada o, simplemente, Srila Prabhupada. Con más de cien sedes alrededor del mundo, busca alimentar el espíritu hasta alcanzar un grado de conciencia elevada mediante la práctica de una filosofía de vida basada en los Vedas, antiguas escrituras indias que datan del 1500 aC.

 

Su sede de Buenos Aires, ubicada en Ciudad de la Paz 394, Colegiales, dicta distintos servicios devocionales y cualquier persona sin importar religión, edad o género, puede asistir gratuitamente a las clases de cocina vegana y vegetariana, clases de yoga, clases filosóficas basadas en el libro sagrado Bhagavad-Gita y de meditación grupal mediante el canto del mantra "Hare Krishna", el Maha Mantra, o, por su significado, "el canto para la liberación".

 

El kirtan es el servicio de meditación a través del canto, una práctica dinámica dictada por dos jóvenes monjes residentes del templo llamados Anthony y Mantra Murti, a la que asisten jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, y extranjeros y argentinos. 

 

La clase se dicta en un gran salón decorado con cuadros de deidades de la India y grandes que anuncian oraciones en sánscrito, el idioma hindú. En un rincón, un santuario con estatuillas de Krishna y ofrendas de los devotos y una estatua de tamaño real de su fundador Srila Prabhupada cuya figura adopta la posición de loto y reposa en un trono, con un molde de sus pies. Además, el ambiente destila un potente aroma a incienso que los monjes aseguran que ayuda a conseguir mayor concentración.

 

Los devotos hacen una reverencia antes de comenzar la meditación. 

 

A las seis de la tarde llegan los responsables de la sesión y, antes de pisar el suelo del salón, se quitan el calzado y lo dejan en el pórtico. Al entrar, hacen una reverencia que consiste en arrodillarse y tocar el suelo con la frente. Lo mismo hacen los devotos, que luego se sientan en semicírculo alrededor de los cantantes.

 

Pronto los monjes toman asiento sobre una manta, ajustan los micrófonos y empiezan a tocar sus instrumentos: un armonio, cuyo sonido se asemeja al de un órgano, y un mridanga, que es un instrumento de percusión. Sus acompañantes tocan una guitarra acústica, un dúo de kartalas o címbalos y una flauta bansuri

 

A los pocos minutos, la sesión comienza con una suave melodía. Todos cierran los ojos para asegurarse una conexión más intensa con el momento que están viviendo. Los monjes rezan una oración en sánscrito y empiezan a cantar el tan ansiado Maha Mantra. Aseguran que su sola recitación logra purificar el espíritu y conecta con Dios.

 

Entonces Luis, que toca el armonio, entona:

Hare Krishna, Hare Krishna

Krishna Krishna, Hare Hare

Hare Rama, Hare Rama

Rama Rama, Hare Hare

 

Y al unísono, los devotos replican con entusiasmo.

 

Así, la sesión del kirtan avanza con una intensidad que, por momentos, es lenta y quedada, y por momentos, rítmica y exultante. Algunos de los devotos se levantan de los asientos o de las alfombras para acercarse al santuario y hacer una mayor reverencia. Una de las colaboradoras del templo, Kirtida Devi Dasi, se acerca con un candelabro con velas de ghee, o mantequilla clarificada. Los devotos posan sus manos y luego se las llevan a la cabeza, un símbolo de purificación.

 

Kirtida, una joven de 26 años proveniente de una familia católica, es una residente del templo desde hace cinco años. Explica que participar de los servicios devocionales de Krishna, la llena de un indescriptible amor. “Servirle a Krishna es lo que más me hace feliz en la vida”, dice. Además, cuenta que la búsqueda de la felicidad la ha llevado hacia caminos tan radicalmente distintos que la hicieron abandonar su antigua religión, de la que era practicante.

 

Cuando la melodía llega a un punto culmine, las personas están en trance: con los ojos cerrados aplauden y mecen el cuerpo al compás de la música. Imitan los sonidos de los instrumentos con pequeños golpes en sus rodillas y cantan el mantra muy fuerte, como un grito liberador para concluir la sesión. 

 


 

En efecto, los devotos están liberados. Están relajados, casi exhaustos pero con notorias sonrisas de satisfacción. Después de dos horas de meditación grupal, los fieles se reúnen en círculo junto a los músicos guiados por Kirtida y por uno de los monjes residentes, Krishna Prasada Das, a manifestar qué sensaciones experimentaron durante el canto. Algunos de ellos están tan impactados por la experiencia al grado que no pueden explicar que sintieron. Otros atinan a decir que la meditación los transportó a lugares poco explorados de sus mentes. Los guías aclaran que poder sentir a Dios por medio de los sentidos corporales es, cuando menos, difícil. “El Kirtan debe de ser practicado muchas veces, incluso años, para poder sentir a Krishna. Solo gente muy especial puede lograrlo en las primeras veces”, asegura Prasada Das.

 

“En los momentos más altos de la música logré experimentar una sensación sumamente elevada”, dice Javier, un músico de unos 30 años que llegó al templo impulsado por una vida agobiante que pide un cambio. Después del encuentro, los devotos son agasajados con postres veganos y té de hierbas servidos por otros monjes encargados de la cocina.

 

Por otro lado, el joven profesor universitario de diseño gráfico Krishna Prasada Das, de 30 años, anima la charla y menciona que todos son siempre bienvenidos a participar de cualquier práctica devocional aun si la persona no conoce la cultura india y, entre sorbo y sorbo del té, bromea con los participantes. Son casi las nueve de la noche, hora de irse a dormir en el templo.

 

 

 

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