Sociedad • Crónica

Desde adentro: la primera vez en el Encuentro Nacional de Mujeres

Los días 13, 14 y 15 de octubre se celebró en Trelew, Chubut, el 33° Encuentro Nacional de Mujeres, Lesbianas y Trans. A la ciudad llegaron más de 60 mil personas que asistieron a talleres sobre problemáticas de género. El encuentro terminó en una marcha de cinco kilómetros que fue interrumpida por la represión policial. Cómo lo vivió una estudiante de periodismo de TEA.

Malena Sabanes Niccolini // Miércoles 17 de octubre de 2018 | 17:45

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El ENM es un espacio de encuentro entre mujeres, lesbianas y trans de todo el país y de todas las generaciones. Este año estuvo marcado por la participación de adolescentes y por el reclamo por el aborto legal. (Fotos: Julieta Christofilakis)

"No te des por vencida, NI AUN VENCIDA. No te sientas esclava, NI AUN ESCLAVA”, gritaban algunas chicas y respondían otras dentro del micro en el tramo de Buenos Aires a Trelew. Conscientes del largo viaje que se venía, pero también de la experiencia inolvidable que estaban a punto de vivir. Porque hay algo que es seguro: la lucha del movimiento feminista siempre es con mucha energía, cantos y glitter.

 

“Ojalá lleguemos a los talleres”, pensaban mientras comían sus ensaladas de arroz yamaní, palta y verduras. Tenían en mente los posibles retrasos causados por los operativos de Gendarmería, las ganas de ir al baño o de fumar un cigarrillo. Cuando se apagaron las luces del micro, también pareció que el aire acondicionado bajó un par de grados. Es así: de noche y sin manta, en un colectivo la pasás mal. Al otro día muchas no podían soltar los paquetes de pañuelitos. Igual, ni un resfrío ni una tos podrían frenar la euforia.

 

"¿Cuánto falta?", preguntaban algunas chicas a las organizadoras, impacientes. Abrían Google Maps cada 2 minutos y siempre parecían estar a la misma distancia. “¿Sabes a qué taller ir?”. Las opciones eran más de 70: “Algunos son para escuchar y otros para participar”, explicaban las que ya habían asistido a los talleres en encuentros anteriores. Qué difícil elegir. Volvía el agite, así pasaba el tiempo más rápido: “No queremos más femicidios, ni trata ni explotación, queremos en la farmacia Misoprostol”. A la derecha apareció un cartel: “33° Encuentro Nacional de Mujeres. Chubut”. Habíamos llegado.

 

Lo siguiente fue saltar fuera del micro y correr por las calles de tierra de Trelew. "Mujeres y pueblos originarios", "Mujeres y fútbol", "Mujeres y medios de comunicación", "Mujeres y bisexualidades", "Mujeres y trata" y tantos otros fueron los talleres autogestionados por distintas compañeras de todo el país que asistieron al Encuentro. Había que elegir uno, podías pararte e irte si no te gustaba, pero la idea era tomar nota de los distintos testimonios y al otro día volver al mismo para poder generar conclusiones. 

 

La plaza principal estaba llena de puestos de comida, artesanías y mujeres luchadoras. Pañuelos verdes, naranjas, amarillos y fucsias. Calles irregulares, en subida y en bajada. Las escuelas con los distintos talleres estaban muy lejos una de otra. El sol quemaba las pieles y el viento volaba la tierra de las calles.

 

En el taller de "Cuerpxs" se preguntaban "¿qué es amarse?"; en el de "Travas, Trans y Géneros No binarios" se generó tensión entre abolicionistas y regulacionistas del trabajo sexual, un tema en el que dentro del feminismo hay dos posturas muy definidas. A eso de las 6 de la tarde, las caras de este segundo taller coparon la plaza en la Marcha contra los Travesticidios y Transfemicidios. Enojadas pero acompañadas. Muchas otras se acercaron a la Competencia de Freestyle Feminista organizada por Malas Tripas, con su consigna de siempre: “Solamente rimas antipatriarcales”.

 

Terminó el día y el micro se dirigió a Puerto Madryn. Dormiríamos en una escuela alejada de Trelew, pero allá nada era problema. Al otro día venía lo más esperado: las conclusiones y la marcha masiva del Encuentro. Pizza, cerveza y a dormir dentro de la bolsa. Por lo menos no hacía el frío que se sintió en el micro la noche anterior.

 

Ocho de la mañana, todas arriba o llegarían tarde a los talleres. Cielo celeste y sol, el clima acompañaba. ¿Participar o escuchar? Había que decidir en función de eso. En todos los casos algo se iba a aprender. La mayoría fue a otras escuelas, no a las mismas que el día anterior. Cuadernito, birome y oídos atentos. Había que estar lista para escuchar historias de vida duras. En el  taller sobre "Cultura de la violación", distintas mujeres hicieron relatos descriptivos de cómo ejercieron abuso sobre sus cuerpos. Las lágrimas recorrían las mejillas de las mujeres dentro del aula de la escuela N° 196.

  

 

Tonadas cordobesas, sanjuaninas y porteñas. Mujeres blancas, negras y trigueñas. Cuerpos gordxs y flacxs; jóvenes y adultxs. Increíble la diversidad, pero lo más increíble era que, aunque no se conocían, se acompañaban, emocionaban y sentían en la piel los relatos de las distintas compañeras. “No tengo amigos ni amigas porque mi marido no me deja salir de mi casa”. Así comenzó un relato dentro del taller de "Relaciones de pareja". Un silencio y muchas dudas. Esa mujer estaba ahí, sentada. 

 

Alguien le preguntó cómo había hecho para llegar hasta Trelew, la mujer empezó a llorar. ¿Qué le esperaba cuando volviera a su casa? Se fue con un número de teléfono de una compañera que prometió ponerse en contacto con ella; también se llevó muchos aplausos y palabras de aliento. El clima de contención que se genera es incomparable, supera cualquier terapia.

 

Los talleres suelen funcionar como espacios de catarsis y de exposición de situaciones personales que angustian y acomplejan. Es el lugar para preguntarse por qué nos pasa lo que nos pasa y darse cuenta de que a otras personas les está pasando exactamente lo mismo pero en otro espacio geográfico. Es una linda forma de sentirse acompañada. Siempre se llegaba a la misma conclusión: hay que destruir el sistema patriarcal.

 

A secarse las lágrimas y ponerse glitter. Llegaron las 6 de la tarde, hora de marchar por las calles de Trelew. Todas juntas: trans, lesbianas, bisexuales, mujeres cis, travas y putas con los mismos deseos y objetivos. “Y dale alegría, alegría a mi corazón, la sangre de las caídas en rebelión”, coreaban de a cientos. Esa alegría que inundaba la ciudad, esa marea colorida pero sobre todo verde aborto legal, seguro y gratuito. Respirar profundo antes de cada canción porque no había forma de parar de cantar.

 

“Este cuerpo es sólo mío y por eso yo decido”, decía la espalda de una. “Al macho, al tacho”, se leía en las paredes. Bombos, redoblantes y aullidos de lobas. Tetas al aire y alaridos. Brazos en alto que dejaban ver los pelos de las axilas se perdían en ese atardecer prendido en un fuego color fucsia, expresando el deseo de libertad. “Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. ¿Y el miedo? QUE ARDA”, se cantaba. Algunas lágrimas caían al darse cuenta cada una de las presentes de dónde estaban paradas y con qué objetivo. La fuerza y el empoderamiento se transmitía de compañera en compañera: “Si nos tocan a una, nos tocan a todas”.

 

Mujeres y niñas locales se asomaban por los techos de las casas a observar lo que pasaba. Algunos medios hicieron lo posible por generar miedo, pero los vecinos no hicieron caso. Sostenían carteles que decían “Ni una menos” y, algunas, el pañuelo de la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito. Muchas saludaban con sonrisas y sostenían el celular con la otra mano, filmando este acontecimiento histórico para la ciudad. “Mujer, escúcha, únete a la lucha”, invitaban las compañeras para participar de esta marea que vino para quedarse.

 

Unas horas antes, saliendo de las escuelas, muchas habían visto vehículos de Infantería con varios efectivos. Después, supieron (supimos) que habían reprimido durante la marcha y que diez mujeres estaban detenidas.

 

Tres horas y media de caminata, cinco kilómetros y miles de emociones dentro de cada cuerpo en las calles. Mujeres y disidencias unidas y seguras. Sucias y empoderadas. Felices y convencidas de que el feminismo va a vencer.

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