Sociedad • Violencia de género

Marcela Morera: la vida después del femicidio

En 2015 entró al baño de la casa del novio de su hija Julieta Mena, embarazada de dos meses y medio, y la encontró asesinada a golpes por su pareja. A dos años y medio del femicidio, habla sobre cómo se rearma una vida rota por la violencia machista. 

Daniela Rial // Viernes 02 de marzo de 2018 | 16:48

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Julieta Mena tenía 23 años y vivía en Ramos Mejía.

Hay cajas, papeles y tachos de pintura apoyados sobre la mesa y el piso del living. El caos general que se apodera de los rincones de la casa hace evidente el fin de una etapa. Después de vivir 18 años en Ramos Mejía, Marcela Morera finalmente se dispone a mudarse a otro punto de la zona Oeste del Gran Buenos Aires. La mudanza, planeada desde hace varios meses, hizo que tuviera que bajar la intensidad de sus actividades diarias.

 

Desde algún tiempo colabora con el refugio Uguet-Mondaca para víctimas de violencia de género, del que es madrina junto a Jimena Aduriz, la madre de Ángeles Rawson, la adolescente asesinada en 2013. La agotadora tarea de movilizar muebles y pertenencias (que dentro de pocos días llegará a su esperado fin) es un proceso que para Marcela tiene un componente emocional muy fuerte. Desde hacía tiempo la idea de mover de su lugar las cosas de la habitación de Julieta la angustiaba. En octubre de 2015, Marcela encontró el cuerpo golpeado de su hija embarazada en el piso del baño de la casa del que era el novio de Julieta, a unas cuadras de la suya. Fue luego de que los vecinos escucharan gritos y llamaran a la policía. Desde ese momento, la vida de Marcela dio un vuelco insoportable.

 

Julieta Mena tenía 22 años y era una chica alegre, muy querida por todos y siempre dispuesta a dar una mano a quien la necesitara. Su entorno coincide en que durante los dos años y medio que Julieta estuvo con Marcos Mansilla su alegría característica se esfumó, como si se hubiera evaporado. Según Marcela, Julieta ya no era la misma persona y la desconexión con su familia y amigos se profundizaba cada vez más.

 

Cuando luego de varios intentos y mucha perseverancia para ingresar a la carrera de Recursos Humanos en la Universidad de La Matanza Julieta decidió posponer los estudios, su familia supo que algo andaba mal. “Le costó muchísimo, pero entró. Ella ya se había puesto de novia con él y dejó la facultad; ¿cambia de decisión después de tanto sacrificio?”, se pregunta todavía su madre sin lograr respuesta.

 

Mansilla controlaba cada paso que Julieta daba, le pedía que sacara fotos de los lugares en que estaba, le hablaba mal de sus amigos y de su familia y le decía cómo debía vestirse, todos rasgos explícitos de la violencia psicológica que empleaba para dominarla. “Estaba horas hablando con ella, me cansaba pero arremetía de nuevo porque era la madre y no iba a parar. Todo sin saber que lo que vivía ella era violencia de género. Lo mismo pasaba con sus amigas: le hablaban y le hablaban, ella decía que sí y a los minutos él la llamaba y ella salía corriendo”. Lo que más angustió a Marcela—que no pudo hacer la denuncia en la Justicia en el momento porque necesitaba la ratificación de Julieta—fue una marca en su brazo producto de una zamarreada. “Le pregunté qué había pasado y me dijo: ‘me la merecía’”.

 

Los últimos mensajes que intercambió con su hija, el 12 de octubre de 2015, ocurrieron cuando Julieta salió de trabajar en una pizzería de Ramos Mejía. Esa noche cumplía años la madre de Mansilla y lo festejaban en una casa en González Catán. “Mamá, me voy en un remís con Marcos”, le escribió. “Bueno, hija. Me quedo más tranquila”, respondió su mamá, que no confiaba en él pero más temía que Julieta viajara sola de noche.

 

Durante la madrugada, Marcela recibió llamados de su yerno, que vive en la casa contigua a la de Mansilla en la calle Pasco, diciendo que se escuchaban gritos y golpes. En ese momento de desesperación e incertidumbre, Morera logró comunicarse con la tía de Mansilla, quien le confirmó que ellos dos nunca habían llegado al lugar donde se había festejado el cumpleaños. Cuando Marcela se dirigió a la casa de la calle Pasco ya no había más gritos y la policía se estaba yendo sin intervenir. Le dijeron que no podían entrar sin orden de allanamiento. Marcela se dirigió a una comisaría y allí se encontró nuevamente con una negativa: le sugirieron que para poder entrar llamara a un cerrajero.

 

Consiguió una escalera para saltar un muro y pudo ingresar a la casa, que no estaba cerrada con llave. “Cuando nosotros logramos entrar, que es una imagen que jamás en mi vida voy a poder borrar, la encontramos a ella en el baño, tirada, muerta. La policía llegó a los cinco minutos, siendo que hasta un ratito antes nadie en la comisaría me había dado pelota”.

 

Julieta yacía con el hígado reventado por las patadas que le había dado Mansilla, con borceguíes de punta de acero. Según pudo constatar Carlos Arribas, el fiscal de Homicidios de La Matanza, el 95 por ciento de los golpes fueron dados en la zona de los genitales. “Todos tendientes a provocarle un aborto, asegura Matías Bernal, el abogado que acompañó a Marcela durante el proceso judicial.

 

Durante horas el femicida permaneció prófugo y fue su tía quien lo entregó a la Justicia. Mansilla alegó que estaba borracho y drogado y que no se acordaba de lo sucedido ni antes ni después del asesinato, aunque luego pudo dar una declaración pormenorizada de sus movimientos. Justificó los rasguños que tenía en el cuerpo diciendo que se “había peleado con unos travestis en Liniers” porque “les había robado droga” y aseguró que después volvió a su casa y encontró a su novia en la ducha, muerta. Supuestamente, Mansilla no sabía cómo ella había entrado a la casa.

 

Su coartada se desarmó muy rápido: Marcela entregó en la fiscalía el celular de Julieta, que la policía en una demostración de inoperancia no había revisado bien. A partir de los mensajes en el teléfono era posible ubicar en tiempo y espacio a Mansilla: Julieta le había avisado por WhatsApp que estaba llegando a la casa de la calle Pasco, dado que el timbre no funcionaba. Fue gracias al hallazgo de los mensajes que Marcela se enteró también del embarazo que cursaba su hija en ese momento. El femicida le había escrito esa misma noche aludiendo al embarazo: “¿Te lo vas a quedar?”, preguntaba a Julieta.

 

Desde la muerte de Julieta hasta la condena de Mansilla, en abril de 2017, la familia vivió una verdadera pesadilla judicial. “Marcela hizo una presentación en el Colegio de Abogados de La Matanza denunciando que había sido engañada porque no estaba presentada en la causa. En una audiencia preliminar ella se había enterado de que solo era testigo y de que en ningún momento había sido presentada en la causa como particular damnificada”, cuenta Bernal sobre el inicio del proceso. A pesar de haber sido un juicio expeditivo —por la contundencia de las pruebas y la cantidad desbordante de testimonios de vecinos que escucharon los gritos y golpes, la familia de Julieta y la de Mansilla, que evidenciaron la culpabilidad del joven—, el inicio de la causa se vio ensuciado por el accionar dudoso del abogado Julio Torrada, que dejó fuera del proceso a Marcela (quien tuvo que pedir permiso al Tribunal para estar presente en el juicio en el que declaró como testigo). “Era un chanta que se paseaba por los canales de televisión y quería un puesto político en General Belgrano”, denunció Marcela.

 

Ese contratiempo no impidió que el Tribunal Oral N° 5 de La Matanza encontrara a Mansilla culpable y lo condenara a reclusión perpetua —la máxima pena prevista en el Código Penal— por femicidio doblemente calificado por el vínculo y por mediar contexto de violencia de género. “Lo interesante del fallo fue cómo el tribunal tuvo en cuenta cómo él la cosificaba, porque como mujer la anulaba mucho, la controlaba, la humillaba. Todos estos elementos hicieron que no hubiera dudas de que era un femicidio. Que es algo raro, no es muy común que encuadre tan perfectamente”, asegura Bernal.

 

En la Sala I del Tribunal de Casación Penal en la ciudad de La Plata, los jueces Ricardo Maidana y Daniel Carral, resolvieron el 15 de noviembre de 2017 rechazar la apelación presentada por el abogado defensor de Mansilla, Sergio Javier Babino. De esta manera confirmaron la decisión del TOC N°5 y dejaron firme la condena a cadena perpetua. En Argentina la ley establece que luego de cumplidos 35 años de condena, el acusado podría obtener la libertad bajo resolución judicial. Para Marcela la idea de verlo en la calle nuevamente es indignante. “Perpetua tiene que ser perpetua, no 35 años en el caso de femicidio. Es para toda la vida. Él a los 65 años, si todavía vive, sale. Y no quiero que se muera, lo quiero ahí, encerrado”.

 

El acercamiento que Marcela tuvo con Nancy Uguet, la directora del refugio para mujeres víctimas de violencia de género, fue lo que le sacudió la depresión y la tristeza. En su búsqueda de justicia también se contactó con Gustavo Melmann, padre de Natalia Melmann; Beatriz Regal, madre de Wanda Taddei; y Jimena Aduriz, madre de Ángeles Rawson. Encontró en el refugio una vía de escape, y en los familiares de las víctimas calidez y contención. Los días de Marcela ahora giran en torno a proyectos y charlas para concientizar sobre la violencia de género. No está sola en su lucha y quizás eso sea lo que más la moviliza. Los días que duró la mudanza, la concentración de Marcela estuvo abocada a ella, cada tanto interrumpida por recuerdos y por aquello que solamente una madre que pierde una hija puede llegar a comprender.

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