Sociedad • Santos Populares

Padre Mario: el cura rebelde que no llegó a santo

El más argentino de los sacerdotes italianos, Mario Pantaleo, nació en la Toscana pero vivió y murió en Argentina. Adorado por miles de seguidores que le atribuyen capacidades sanadoras, siempre fue visto con desconfianza por la cúpula eclesiástica.

Ignacio Dunand // Lunes 19 de febrero de 2018 | 18:30

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El sacerdote fue amigo de Carlos Menem, Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato. Murió en 1992.

Son muchos los que sienten escepticismo cuando oyen hablar de milagros y curaciones que se dan por fuera del alcance de la medicina alopática. Surge la desconfianza de que se trate de un engaño, cosas de charlatanes o curanderos. Pero ¿qué pensaríamos si quien aplica estos métodos es un sacerdote católico? Ese fue el caso del Padre Mario Pantaleo, un sacerdote italiano emigrado a Argentina, conocido por su capacidad para realizar actos milagrosos. Veinticinco años después de su muerte, son cientos los que aseguran haber sido curados por este “santo popular” que suscita fe y devoción a lo largo de todo el país.

 

Pistoia es una pacífica localidad italiana de la región de Toscana, conocida por los invernaderos alrededor de la ciudad y por los mercados de flores. Allí nació Giuseppe Mario Pantaleo, un hombre que dedicó toda su vida a Dios. En su infancia empezó a intuir que tenía una capacidad especial, tal vez un don, tal vez una misión. “Cuentan que, a los cinco años, viviendo en Pistoia, el gato de la familia –compañero inseparable del pequeño Mario- estaba muy enfermo y le habían dicho que moriría. El niño se acercó al felino que estaba tendido sobre el suelo, moribundo, y le acarició el lomo como señal de despedida. Apenas dos horas después, el gato corría por la casa y por los techos. No quedaba rastro de la enfermedad”, relató Víctor, uno de los encargados de llevar adelante la Obra del Padre Mario Pantaleo en González Catán, localidad de La Matanza. Esa es la primera curación por imposición de manos que la tradición atribuye a Pantaleo y uno de los costados más desconocidos de su historia.

 

La popularidad del Padre Mario comenzó luego de que se ordenara como sacerdote y viajara a Buenos Aires para cursar Filosofía. A medida que crecía su fama, cientos de fieles acudían a él para buscar curación a sus dolencias y dejarse conducir por el peculiar método que implementaba el Padre: la radiestesia. La radiestesia es una facultad especial (considerada pseudocientífica) por la cual una persona puede percibir las radiaciones electromagnéticas y manejarlas por medio de artefactos sencillos de suspensión inestable, como el famoso péndulo que ayudaba a Pantaleo en las sanaciones. El péndulo tenía la capacidad de amplificar la capacidad de magnetorrecepción del ser humano y permitía al Padre Mario diagnosticar con precisión a sus visitantes.

 

 

La escritora María Rosa Lojo, en su libro "Cuerpos resplandecientes", define a un santo como “alguien que estuvo en este mundo y, como uno, sufrió y se conmovió con los padecimientos de los seres humanos. Y por ese padecimiento y su superación está en condiciones de ser un mediador”. Para sus seguidores, el Padre Mario es un santo. No obstante, aún no está beatificado ni santificado por la Iglesia Católica, que negaba a Pantaleo la autorización de oficiar misas por tratarse de un “sacerdote curandero”.

 

“Usted, Padre, es un desobediente, un gran desobediente, como Jonás”, le dijo en una ocasión el cardenal Monseñor Antonio Caggiano; a lo que Mario, austero en los elogios pero punzante en las críticas, le respondió: “Y usted es como la ballena”. Con sus salidas ingeniosas y su capacidad para ser filoso, supo rebelarse contra la institución y construir su figura como una leyenda.

 

Fue amigo de Carlos Menem, Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato, y consultado por numerosas personas del mundo del espectáculo y la medicina. El fallecido conductor y periodista argentino Jorge Guinzburg fue uno de los que conoció a Pantaleo y participó de sus celebraciones y curaciones. Su hija Malena recordó la relación entre ambos: “Papá lo quería mucho. Le gustaba la voz del Padre Mario, lo tranquilizaba. Él lo curó de un asma al que los médicos no le encontraban solución. Ese fue el inicio de una amistad entre ambos”. Malena Guinzburg agregó que compartían largas charlas que trascendían ideologías y posturas, y que Jorge se dirigía a Mario como “un enviado por Dios”, un “santo”.

 

“Le encantaba amasar fideos. Las manos le quedaban blancas de tanta harina”. Ese es el recuerdo que trae de vuelta a la memoria Perla Gallardo, la mano derecha del Padre y una de las personas que más lo frecuentó en la cotidianeidad. Gallardo conoció al que años más adelante sería su amigo en 1975 cuando, víctima de un cáncer hemorrágico, acudió para recibir su ayuda. “Estaba desesperada y en sus ojos vi tanta bondad que me dejé llevar. A la semana el cáncer se había ido y los médicos no tenían una respuesta racional para darme. Desde ese día supe que debía la vida a ese hombre”, mencionó Perla. Con los años y la vejez, algunos momentos quedaron en una nebulosa, por lo que optó por retener los más lindos que pasó junto a Mario. Lo describe como un hombre entregado a su vocación, fanático de las tortas con chocolate negro y el folclore, y defensor de las buenas acciones. A los 90 años es una de las principales impulsoras para que su amigo sea considerado santo por la Iglesia Católica. “Llevo documentados muchísimos casos. Es hora de que Giuseppe Mario Pantaleo sea santificado”.

 

A menudo, los santos populares viven en los márgenes de la sociedad. Los seguidores depositan en ellos su esperanza y logran sanar en manos de una fuerza divina. Son figuras heroicas: algunos han librado duras batallas contra los sectores sociales más conservadores. Despiertan la devoción de miles que, año tras año, les rinden culto, les piden favores, los llevan en una estampita en el auto o en un llavero. Ocupan un territorio virgen: su obra está entre los que más los necesitan, su palabra se dirige a los desposeídos, su mensaje es perpetuado por sus fieles con la pasión con la que se sostiene aquello en lo que se cree ciegamente. Los santos populares han sabido ganarse un rincón en el corazón de muchos, por los valores que sostienen, por los milagros que realizan o simplemente por perpetuar en el espíritu humano la llama de ese fenómeno extraño e intangible que es la fe. El Padre Mario Pantaleo era, como le decía Perla, “un tipo valiente”. Un tipo valiente enfocado en una misión, curar. 

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