NiUnaMenos • Violencia de género

Femicidios: una herida que no para de sangrar

A tres años de la primera movilización de Ni Una Menos, Argentina sigue en deuda con las mujeres y la cifra de muertes por violencia machista no retrocede.

Javier Gutierrez @javigutierrezok // Miércoles 07 de marzo de 2018 | 19:08

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Mientras el movimiento feminista crece, el reclamo por el fin de la violencia contra las mujeres es en Argentina cada vez más fuerte. 

En 2017 una mujer fue asesinada cada 19 horas y se estima que una de cada tres sufre de algún tipo de maltrato. ¿Es posible el cambio? ¿El Estado es responsable? ¿La clase social es un factor determinante o estamos frente a una problemática cultural demasiado arraigada?

 

Según Ricardo (que prefiere reservar su identidad), psicopedagogo a cargo del Departamento de Orientación Educativa (DOE) de una escuela técnica de la Ciudad de Buenos Aires, el avance en materia de prevención y concientización es meramente social. “Legal y judicialmente no hubo ningún tipo de progreso. Las leyes son las mismas, y el amparo a las mujeres sigue siendo pobre y en algunos casos nulo”, explica. “Las mujeres tienen miedo a denunciar, y muchas veces somos nosotros mismos los que tenemos que hacerlo por ellas. Después lo niegan y es como un ciclo que no termina, porque hasta que el Estado se decide a darles una respuesta, ya las mataron”.

 

Diana Brizuela vive en la Villa 31 y tiene 19 años. Durante toda su vida, tanto ella como su madre sufrieron golpes e insultos por parte del padre, al que la joven describe simplemente como machista“Una vez mi papá clavó una tijera en la cabeza a mi mamá. Estaba borracho y enojado porque mi hermanito había manchado una de sus remeras. Me interpuse como siempre, pero yo era una ‘puta’ para él, así que a mí me pegaba más fuerte”, describe la joven. “A veces hasta mi mamá se ponía violenta. Me decía que tenía que dejar que papá nos pegara sin quejarme porque, si no, él se enojaba más y todo era peor”.

 

Dai, como la llaman los amigos, nunca recurrió a la Justicia por miedo a agravar la situación y porque naturalizaba esa violencia. “Era mi papá, yo no lo iba a denunciar. Los papás de mis amigas hacían lo mismo todos; más o menos, pero era lo mismo. No lo veía raro”, cuenta la joven de la Villa 31, quien decidió que la solución era abandonar el hogar. “Yo jugaba al fútbol en Huracán, estaba federada. Los entrenamientos terminaban a las 11 de la noche y tenía que volverme caminando sola por descampados oscuros porque mi papá decía que el fútbol era cosa de hombres, entonces no me buscaba. Eran como 30 cuadras. Una noche paró un auto y me quisieron subir, así que salí corriendo y me escondí. Llegué re tarde a casa y mi papá estuvo 20 minutos insultándome. Me decía que las mujeres que andan en la calle tarde son todas prostitutas, y que yo seguro estaba dejándome ‘coger’ por plata. Mi mamá no hizo nada, tenía miedo de que le pegara a ella también. Más tarde ordené toda mi habitación. Agarré una mochila, puse algunas cosas del colegio, una platita que tenía guardada y dos cambios de ropa. Escribí una carta a mi papá diciéndole en todo lo que yo consideraba que se estaba equivocando y me fui, cuenta Diana. Tenía 16 años.

 

María Sol (que prefiere reservar su identidad), psicóloga social en refugios para mujeres golpeadas, explica que sólo entre un 15 y un 20 por ciento de las víctimas de violencia de género recurren a la Justicia, y que en el 60% de los casos de femicidio no se encuentran denuncias previas contra el asesino. Las mujeres que recurren a la Justicia son generalmente de clase media, o de clase media venida a baja, y lo hacen cuando el riesgo de vida es muy alto. La clase alta considera un ‘escándalo’ sufrir violencia de género; y en lo que hace a las clases bajas, el 'pobre' no confía en la Justicia ya que viene siendo maltratado desde hace tiempo por esta, es un marginado social y no se siente amparado por el Estado. Nosotros hacemos todo lo que podemos, pero la parte judicial y burocrática tarda mucho, y más si se trata de alguien de la villa. Las mujeres están cansadas y tienen miedo, explica la psicóloga.

 

Por su parte, Vanesa Orieta, hermana del desaparecido Luciano Arruga y luchadora por los derechos humanos, resalta cómo el sistema discrimina entre clases. “No es lo mismo lo que pasa en la Ciudad de Buenos Aires que lo que se da en el Conurbano (bonaerense). Lo que pasa en el Sur, que lo que pasa en el Norte. El pobre no tiene voz. En nuestro país se dan situaciones aberrantes. Secuestros de mujeres pobres y de mujeres de clase media que la sociedad naturaliza; el pobre que naturaliza el maltrato. Hemos naturalizado la violencia”, dice.

 

Muchos profesionales coinciden en que la clase social y el nivel educativo son factores importante en los casos de violencia de género. Sin embargo Marcelo (que prefiere reservar su identidad), médico de planta de la sala de internación exclusiva de mujeres del Hospital Ramos Mejía, difiere al resaltar que “la violencia de género no discrimina por nivel sociocultural”. Y explica: "Si bien mi actividad asistencial se desarrolla en un hospital público y por ende la gente que acude a él es de un nivel sociocultural y económico menor, habiendo ejercido también como médico privado puedo decir que se dan más casos en las clases medias y altas de la sociedad, solo que no se acude a la Justicia ni se hace público lo que pasa, o sea que no podemos echar la culpa solamente a la falta de formación o educación.

 

Cada vez hay más campañas en contra de la violencia de género y son más los políticos, celebridades y comunicadores que adhieren a ellas, pero ¿están funcionando? Según un relevamiento de medios gráficos realizado por el Movimiento de Mujeres de la Matria Latinoamericana (MuMaLá), no: en 2017 hubo 298 femicidios.

 

Muchos profesionales coinciden en que las nuevas generaciones son menos tolerantes a la violencia de género y esto se debe a las campañas y a la mediatización de la causa. “Las nuevas chicas no se dejan cosificar como sus madres”, dice Ricardo, mientras María Sol destaca que “hay un cambio de discurso muy importante entre los jóvenes”.

 

“A partir del NiUnaMenos, la mujer se animó a gritar más. A enfrentarse, a luchar”, cierra el médico que trabaja en el Hospital Ramos Mejía. 

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