Sociedad • Malvinas, la herida abierta

Un museo que guarda un silencio que todavía resuena

El Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur invita a reencontrarse con recuerdos de aquella dolorosa guerra. Testimonios, documentos oficiales, revistas, diarios, libros y vestimentas de excombatientes que inmortalizan el dolor y ratifican el pedido de justicia. 

Nazarena Lomagno // Martes 28 de noviembre de 2017 | 12:17

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El museo se ubica en Av. Libertador 8151, en Núñez. (Fotos: Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur)

“Tengo tantos silencios por decirte

y, sin embargo, lo primero que viene a mi cabeza

es esto de no saber cómo debo matar

a las ovejas que me miran…”

 

El fragmento plasmado en el museo pertenece al poema “Última palabra” de Martín Raninqueo, excombatiente en la guerra de Malvinas. El pequeño verso se encuentra en el primer piso del Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur, en el barrio de Núñez, donde se inmortalizan a los héroes de aquella cruenta, innecesaria, dolorosa e inolvidable batalla por “las hermanitas perdidas”, como diría Atahualpa Yupanqui.

 

Tal como Raninqueo escribe, el museo transmite. No solo es interesante por la historia que cuenta, sino por el conjunto de sensaciones experimentadas que confrontan constantemente. Metros cuadrados en grandes cantidades conforman espacios pintados de blanco inmaculado, donde las paredes se decoran con textos que contextualizan al visitante y una variedad de vitrinas se encargan de proteger documentos oficiales, revistas, diarios, libros y vestimentas de los mismos combatientes. A su vez, grabaciones en pleno combate recopiladas con los testimonios de los sobrevivientes se proyectan a lo largo del lugar, como si se buscara perpetuar las voces de los protagonistas.

 

 

Al Museo Malvinas e Islas del Atlántico Sur lo domina la tranquilidad, se trata de un recorrido silencioso donde, a su vez, se captan los gritos desesperados y aterradores que cada soldado llevaba dentro. En su mayoría inexpertos, sin mantener ni un punto en común con las armas, el ejército y los asesinatos, debieron aprender a desafiar la muerte cada segundo. A sentir que, en el instante donde el combate se detenía, estaban más vivos que nunca, y, al mismo tiempo, en la cornisa. A ver a los pares como fieles compañeros, en quienes apoyaban sus miedos y esperanzas, aún sin conocerse. Y así se fortalecían. El museo guarda el silencio de los difuntos que todavía resuena, en busca de justicia.

 

 

Otro reflejo de la poesía de Raninqueo se ve entre la serenidad del Arroyo Medrano y el modelo del Crucero General Belgrano, hundido por los británicos con un saldo de 323 argentinos muertos, escenario que se observa desde el enorme ventanal de la planta baja.

 

“¡Queremos saber dónde están nuestros hijos, vivos o muertos!”. Palabras de madres que lloran, los pibes muriendo de frío y hambre y la Plaza de Mayo, una vez más, símbolo de la lucha popular ante las mentiras de Galtieri y los medios anunciando un falso triunfo es la esencia que el museo emite, en busca de traspasar el límite entre un simple capítulo de la historia e introducir al visitante en aquella época aterradora de la Argentina.

 

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