Sociedad • Crónica

Memorias de fuego: a 62 años del bombardeo a la Plaza de Mayo

El 16 de junio de 1955 unas 350 personas murieron y más de 2 mil resultaron heridas cuando las Fuerzas Armadas bombardearon la Casa Rosada, la Plaza de Mayo y los alrededores en un intento por terminar con el gobierno de Juan Domingo Perón. En un nuevo aniversario, las historias de tres personas que sufrieron el bombardeo muy de cerca.

Florencia Domínguez // Viernes 16 de junio de 2017 | 18:31

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Ese día, Buenos Aires se convirtió en la primera capital de Sudamérica en ser bombardeada por sus propias Fuerzas Armadas.

Hacía frío y estaba nublado, cualquier persona en su sano juicio hubiera apostado a que ese día no iba a terminar sin que antes cayera una gota, o unas cuantas. Aquel miércoles 16 de junio de 1955 Fabián Duca, un joven de 23 años que vivía en Hurlingham, viajó desde su casa hasta la Capital como todos los días para llegar a su trabajo. Para las 11 de la mañana ya estaba en el café Bonafide ubicado en la calle Florida y Diagonal Norte; aquel día había empezado igual que los demás, la gente tomaba su café al paso, pocos se quedaban en las escasas mesas distribuidas por el lugar.

 

Corría el año 1955, el presidente era Juan Domingo Perón, pero ya no tenía la fuerza ni el poder con los que había gobernado en su primer mandato. La situación política se había complicado y la oposición se volvió cada vez más fuerte. La Iglesia, principal aliado en sus primeros años, era ahora un férreo opositor.

 

Esa mañana cuando Perón llegó a la Casa Rosada las noticias ya eran alarmantes pero, para continuar con los planes, el Presidente mantuvo su previsto encuentro con el embajador norteamericano. Fue en medio de esa reunión que Perón se enteró de que el desfile aéreo que estaba planeado para ese día podría utilizarse con otros fines. Exactamente a las 12:40 del mediodía, aviones de la Fuerza Aérea y de la Aviación Naval de la Armada Argentina empezaron a bombardear la Plaza de Mayo y otros puntos de la ciudad. Como estaba nublado los aviones volaron bajo, a no más de 300 metros de altura. Algunas bombas nunca llegaron a explotar, otras sí: 29 en la Casa Rosada, varias sobre la Pirámide de Mayo y una arriba de un trolebús lleno de pasajeros.

 

 

Fabián estaba entre esa multitud y luego de que una bomba explotara en el Edificio Patagonia, ubicado exactamente enfrente de donde trabajaba, lo primero que hizo fue abandonar el lugar. La adrenalina de la situación ni siquiera le dejó sentir miedo por lo que le estaba pasando, salió a toda velocidad en dirección al Congreso y mientras caminaba por la Avenida de Mayo se encontró con que algunos militares estaban empezando a ametrallar el departamento de policías. En ese momento se dio cuenta de las distancias que separan el microcentro y el conurbano y de que no había colectivos ni trenes. Entonces se acordó del cadete que trabajaba con él y que seguro estaba en la sucursal, y decidió volver para el lugar del que se estaba alejando.

 

Fabián volvía a la zona donde estaban cayendo las bombas. Al llegar al local se encontró con que efectivamente su compañero estaba ahí. Con ayuda del cadete, cerró todas las entradas y las ventanas y juntos se fueron al sótano para resguardarse. Todo lo que había visto y vivido hasta entonces ese miércoles era tan solo el principio.

  

En 1955, Beatriz Groba tenía 23 años y llevaba poco más de uno casada con Juan Carlos, un soldado de la marina. Ella ejercía la docencia y aquel miércoles, cuando empezó la jornada de la tarde, las madres de algunos chicos volvieron a buscarlos. Volvieron porque en las radios se comentaba que algo estaba pasando. Cuando entró en el aula de tercer grado, empezó su clase con los chicos que estaban presentes, se dirigió hasta el pizarrón dispuesta a escribir la palabra “Problema” , la primera que correspondía al tema que debería enseñar aquel día. Apenas había alcanzado a escribir las primeras tres letras cuando en la puerta del aula apareció la directora para comunicarle que en Dirección estaban intentando dar con ella. Aquellas tres letras quedaron escritas sobre la superficie verde durante varios días.

 

Como se estaba viviendo una jornada muy rara, se apresuró para ir a atender el teléfono; de inmediato escuchó la voz de su esposo, que tenía que presentarse en el Ministerio de Guerra. Poco importó al hombre que Beatriz le implorara que no fuera. Al ver que su esposo no iba a hacer lo que ella decía, por primera vez se sintió nerviosa, estaba asustada. Al rato un auto la esperaba enfrente de la escuela. La llevarían a la casa de su suegra para que estuviera a salvo. Los chicos, algunos de sus alumnos y los demás que estaban en la institución quedaron a cargo de la Dirección. Aunque vivieron toda la vida juntos, con Juan Carlos nunca más habló del tema, en la casa no se hablaba de las órdenes que él recibía desde su trabajo, cumplía con lo que tenía que cumplir y punto. Toda la información que ella logró conocer de aquel día le llegó gracias a lo que se decía en las radios o en los diarios.

 

Amanda Perez tenía 15 años y aquel miércoles, como era habitual los días en que tenía que ir a la secundaria, se había tomado el colectivo 25 a las 12 del mediodía. Tenía una hora de viaje, ya que vivía en Flores pero el Comercial 21 de mujeres, su colegio, quedaba en la avenida Juan de Garay al 3000, en el barrio de San Cristóbal. La lejanía se debía a que una de sus tías, la que era profesora, había elegido con mucha cautela dónde estudiaría la pequeña de la familia.

 

Exactamente a la 1, 20 minutos después del inicio del bombardeo, Amanda había llegado a la antigua casona con puertas verdes. Transcurría la tarde y mientras algunos chicos eran retirados, las docentes del lugar continuaban con sus clases, hasta que se enteraron de lo que estaba pasando y poco a poco los adultos empezaron a irse también. A cargo quedó la directora que esperaba, sin emitir palabra, que los padres o responsables de cada joven fueran por ella. Amanda, sin saber lo que estaba pasando en la ciudad, solo pensaba en que ninguno de sus familiares tenía auto y la distancia que separaba su casa del colegio era bastante larga como para que ella fuera la primera en irse.

 

Se hicieron las 6 de la tarde y empezó a oscurecer.  La directora consideró que era momento de irse a casa, aunque en la escuela todavía quedaban dos muchachas. Amanda y otra chica vieron cómo quien era su responsable se subía a un coche y las dejaba desamparadas en la puerta del colegio. No pasaron muchos minutos cuando desde el fondo de la avenida Garay empezó a avanzar un desfile de cureñas. A medida que se acercaban comenzaron a distinguir personas dentro de los vehículos, eran militares pero tenían apenas unos años más que ellas. Algunos estaban heridos y otros muertos. Fue entonces cuando desde el almacén que estaba a dos casas de la escuela salió un hombre y con un tono imperativo les dijo: “Ustedes dos no pueden estar solas en la calle a esta hora con todo lo que está pasando”. Amanda miró a su compañera, aquella joven que estaba parada allí a su lado, con la misma ropa que ella, con la que compartía el colegio pero no el curso y con la cual nunca había cruzado palabra. Bastaron las miradas, como si fueran íntimas y viejas amigas, para que ambas decidieran entrar.

 

Una vez dentro del local, el dueño y su mujer dijeron a las jóvenes que no las iban a dejar ir hasta que un adulto no las fuera a buscar, que si necesitaban se podían quedar a dormir. Aquel negocio tenía un mostrador con unas banquetas sobre las que los clientes más frecuentes solían sentarse, y dos o tres mesas distribuidas por el pequeño lugar. Era una lechería que vendía productos para consumir en el hogar, pero también un lindo lugar para desayunar o merendar.

 

Detrás del mostrador estaba la casa. Aquella tarde la mujer iba a cada rato para escuchar la radio, era asunto de adultos y no querían que las jóvenes se enteraran, pero Amanda pudo escuchar algo, entre murmullos distinguió que los dueños del almacén hablaban de “una revolución”. La tarde fue amena, la pareja les sirvió un submarino y habló un poco sobre su pasado: eran españoles de Galicia. Pasadas las 9 de la noche llegaron el papá, la tía y el hermano de Amanda, que nunca se cansaron de agradecer al español. Aquella noche volvieron caminando todos juntos, ningún transporte funcionaba.

 

 

Por la noche algunos grupos quemaban las cercanías a las iglesias. Sacaban los santos a las calles, decían pertenecer a “la alianza” y respondían lo que se pedía desde algunas instituciones: que el pueblo volviera a defender a Perón. Aunque el mismo presidente pidiera lo contrario. Antes de la medianoche una tormenta se instaló en la ciudad, el agua que cayó del cielo ayudó a lavar las calles afectadas por los incendios. Algunos aprovecharon para iniciar saqueos. Fabián Duca, que estuvo todo el día en el sótano, varias veces percibió que algunas de estas bandas querían entrar al local para robar. Escuchaba que se acercaban a Bonafide y a la editorial que estaba al lado, entonces prendía y apagaba las luces de las vidrieras para ahuyentar a los intrusos.

 

Recién a las 3 de la mañana se escucharon las primeras sirenas, los bomberos de La Boca se anunciaron y Fabián los dejo pasar. No pasó mucho tiempo hasta que los bomberos iniciaron su trabajo y taparon las bombas que no habían explotado con arena. En la zona de la Catedral y la Plaza de Mayo había cuatro.

 

A las 9 de la mañana llegaron la Policía y el Ejército, y empezaron a hacer explotar las bombas restantes. Además retomaron su servicio algunos de los transportes públicos, por lo que Fabián pudo volver a su casa en Hurlingham. Después de todo lo que acababa de vivir, la única duda que le quedaría por el resto de sus días es por qué nunca se juzgó a los culpables del bombardeo.

 

Nunca se supo cuántas personas murieron el 16 de junio de 1955; se estima que hubo más de 300 muertos y miles de heridos. Ese día, Buenos Aires se convirtió en la primera capital de Sudamérica en ser bombardeada por sus propias Fuerzas Armadas. La “revolución” de la que la hablaban los gallegos lograría llegar al poder tres meses después.

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