Sociedad • Salta

Una postal de la desigualdad

Una estudiante bonaerense habló con Publicable sobre su experiencia de dos meses como voluntaria en la Misión San Francisco, un barrio de la localidad salteña de Pichanal, dentro del partido de Orán.

Melissa González Martínez @gonzalezmeli // Viernes 10 de marzo de 2017 | 17:09

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De izquerda a derecha, este mural representa la historia de la comunidad. (Foto: cortesía del Fray Martín Caserta)

Misión San Francisco alberga una comunidad ava guaraní que fue removida de sus tierras, en el Paraje La Loma, a mediados del siglo pasado por el ingenio azucarero Tabacal. En ese momento, alrededor de 50 familias desalojadas fueron reubicadas en Pichanal por el Fray Roque Chielli.

 

Hoy en el barrio viven unas 15 mil personas y es dirigido por el Fray Martín Caserta, de la Orden Franciscana San Francisco Solano. María Celeste Costantino, de 21 años, volvió el 19 de febrero de vivir dos meses ahí. 

 

-¿Cómo fue que llegaste a vivir en Pichanal?

-Quería ver un poco más allá de mi vida, de mis comodidades. Yo frecuento la casa de los frailes en Moreno y escuchaba que hablaban de Pichanal. Finalmente me decidí cuando una de mis amigas se fue a vivir ahí durante medio año.

 

-¿Cuál fue la primera sensación que tuviste cuando llegaste?

-El barrio era mucho más grande de lo que me imaginaba. Pichanal tiene 40 mil habitantes, pero el nivel de vida es muy bajo. Las casas son todas muy humildes, y la Misión es un barrio marginado. La gente de los alrededores de Salta se sorprendía cuando le decíamos que nos íbamos a vivir ahí, pero yo anduve caminando a las tres de la mañana y nunca tuve miedo.

 

-¿Por qué se sorprendían?

-La Misión está al lado de un cruce de ruta que se dice que es una zona liberada y un lugar bastante turbio. Está todo conectado. En el cruce hay muchos negocios. Antes funcionaba un casino, hay mucho movimiento de noche, camiones, trata de personas... Nosotras vivíamos a media cuadra de ahí. El barrio no tiene paredones pero a la gente de Pichanal no le gusta entrar, por miedo o prejuicio. También hay cierta diferencia cultural por el hecho de que ellos sean guaraníes, aunque llevan el mismo ritmo de vida que cualquier persona de otra comunidad.

 

-¿Se los ve presentes al Estado nacional y al intendente de Pichanal, Julio Jalit?

-Hay muchos proyectos nuevos de urbanización, salud e higiene y fomento del trabajo gestionados por el fraile y Teresita Tibó, una voluntaria que trabaja en el Ministerio de Desarrollo Social. El Estado va a otorgar 6 millones de pesos al barrio. En algunas cosas el Gobierno aporta, pero muy poco. Para el Día de Reyes aparecieron cajas del Ministerio con regalos para los nenes. También les mandan folletos sobre el dengue.

 

-¿Cómo es la relación de la gente con la cacique?

-Como toda comunidad guaraní, tiene una cacique, un consejo de ancianos y una especie de asamblea. La gente sabe quién es la cacique, pero a muchos le es indiferente porque no son todos guaraníes, se fueron mezclando con otros argentinos -que ellos llaman “criollos” o “gringos”- y con gente que fue llegando a la comunidad de países limítrofes, principalmente de Bolivia y Paraguay, aunque los extranjeros no son tantos.

 

-Entre la cacique y el intendente, ¿a quién respetan más?

-A la persona que más respetan es al Fray Martín. La figura que ellos tienen del fraile es inmaculada, porque cuando a ellos los echaron de sus tierras, fueron a buscar al fraile para que los ayudara. Entonces la Orden compró unas tierras, todos se asentaron ahí y se creó la Misión. Al fraile que hizo esto, Roque Chielli, le dicen "cheru", que en guaraní significa “papá”, con la connotación más paternal que pueda existir. Tal es la imagen que tienen de él.

 

-¿Qué es lo más preocupante para vos en esa comunidad?

-Lo más preocupante es la ausencia del Estado y de la sociedad en general. El derecho a tener una casa, por ejemplo, no existe. De verdad te das cuenta de que las personas que viven ahí viven con muy poco, sólo lo estrictamente necesario. Hay gente que vive literalmente en chozas. Ya no son casas de adobe, pero las paredes están hechas de palos clavados y tienen una especie de plástico de techo, como un gazebo, y ahí viven diez personas. Las casas tienen rejas hechas con cañas de azúcar y no tienen picaporte ni vidrios. Tienen ventanas, pero con plástico. La puerta está siempre abierta, y por eso también les roban mucho.

 

-¿De qué trabaja la gente?

-No tienen trabajo. Se ayudan mucho con los planes sociales. Sí hay varias fincas y campos cerca de Pichanal donde pueden trabajar y tienen colectivos que salen desde el cruce para ir. La mayoría trabaja en la finca de Tabacal, el ingenio que los removió de sus tierras, donde les pagan 600 pesos por semana trabajando de lunes a viernes. Terminan muy cansados física y emocionalmente, entonces no siempre van todos los días , por eso no es un trabajo estable.

 

-Las adicciones, ¿son un problema en la Misión?

-Sí, aunque todo hay que contextualizarlo en la situación socioeconómica cultural en la que están. Hay mucho paco, marihuana, pastillas, nafta, y lo mezclan con alcohol. Lamentablemente es común ver gente joven en la calle drogándose. Nunca vi que vendieran droga pero conocí gente que lo hacía. Dentro de Misión San Francisco, los frailes prohibieron la venta de alcohol, pero lo consiguen en el cruce.

 

-¿La violencia de género es un fenómeno muy presente allá?

-Sí, es muy general. Estás muy en contacto con casos de violencia de género, tanto con las mujeres golpeadas como con los hombres que las golpean. Porque conocés a la familia entera. No existe que se separen. Sí que la mujer agarre todo y se vaya. Un día apareció una señora con sus hijos en el cruce de ruta; se había escapado de su casa y la ayudaron en la Misión. Eso fue terrible. Le habían robado todo, entonces, mediante la radio, le consiguieron un carrito, comida y algo de plata. Las mujeres tienen un papel muy sumiso en la comunidad. Quedan embarazadas muy jóvenes. A los 20 años ya tienen tres o cuatro hijos y parecen muchísimo más grandes.

 

-Si tuvieras que pensar en una razón para no volver, ¿cuál sería?

-Fueron dos meses muy intensos. Sentía que el día duraba 48 horas. Desde que te levantás hasta que te acostás pasa de todo y vos, quieras o no, terminás naturalizando la pobreza. Terminás naturalizando que el agua es así, que el techo es así, que llueve y se inunda todo. Entonces pienso que si vuelvo a este lugar quiero potenciar mi experiencia para seguir poniendo mi granito de arena, no quiero que eso sea algo natural para mí. No desde mi lado, porque yo voy un tiempo y me voy, pero naturalizar que hay gente que, habiendo otras formas de vida, tiene incorporado que la suya va a ser así para siempre es muy doloroso. Creo que mi encuentro con el dolor de esa comunidad va mucho por ese lado.

 

-¿Cómo se los puede ayudar a salir de esa situación?

-Pueden salir, y salen, pero es muy difícil porque es un vaso que está pinchado por todos lados. Si yo fuese millonaria e hiciese la instalación de luz y agua para todos, ¿solucionaría el problema? No. Más pensás en la comunidad y cómo ayudar a su gente y más retóricas se vuelven las preguntas que te hacés. A veces la ayuda no es material ni consiste tampoco en el acompañamiento a la persona en su vida. Es un gran conjunto de cosas. Por más que ellos tengan una buena infraestructura, va a seguir habiendo violencia y faltando educación. Entonces, cuando uno va a este tipo de lugares, y más si lo hace como voluntario, tiene que ir mentalizado de que no va a solucionar los problemas de nadie.

 

-¿Por qué sí volverías?

-Por la gente. La Misión San Francisco es una comunidad, con todo lo bueno y lo malo. Sólo con pensar en ellos se me remueven un montón de cosas. Por más que saben que somos voluntarios, si fuese por ellos te tiran una cama y te invitan a quedarte. Tienen un nivel de apertura mucho mayor al que se percibe, por ejemplo, en Capital Federal, son mundos totalmente diferentes. El individualismo allá no existe. Vos vas y por más que seas un extraño, sos parte de su familia. Ellos se dan cuenta de que si no se acompañan mutuamente, nadie los va a acompañar.

 

-¿Crees que el imaginario social que existe acerca de “el norte” es realmente así?

-Uno en el imaginario tiene la figura del pobre al que le falta techo, agua, comida, que vive con violencia, drogadicción y con falta de educación. Eso es todo real, entonces sí. Pero cuando te ponés en contacto con la persona y le ponés rostro, cuando “el pobre” pasa a tener nombre y apellido y conocés a la familia, a los hijos, a los hermanos, lo que le pasa día a día, esa persona deja de ser “el pobre”. Pasa a tener un nombre, a ser alguien que te quiere y respeta como a uno más. Ahí uno entra en una tensión terrible, porque sí, pienso en todo lo que el imaginario colectivo piensa pero también pienso en sus vidas. No en lo que tienen o en lo que no tienen. No es que eso quede en un segundo plano, pero te das cuenta de que la vida de las personas, lo que anhelan, es mucho más importante.

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Comentarios

Rebeca gordin  |  11-03-2017 20:24:53

Muy buena!

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