Sociedad • ENTREVISTA

“La vida de estos pibes no puede terminar en un pasillo”

Rodrigo Álvarez es un seminarista oriundo de la ciudad bonaerense de Lincoln que pasó diez días en la villa 1-11-14, en el Bajo Flores, y en esta nota habla sobre el rol de la Iglesia, los peligros de su trabajo y la importancia de la contención en ámbitos marginados.

Melissa González Martínez @gonzalezmeli // Viernes 10 de febrero de 2017 | 18:15

Resaltar resumen
      
Enviar a un compañero/a
   
Imprimir
nota
   
Agrandar
Texto
   
Reducir
Texto
El Club Madre del Pueblo de la villa 1-11-14. (Foto: Rodrigo Álvarez)

De camisa celeste y cuello clerical, esa cinta blanca ubicada alrededor de la garganta, Rodrigo Álvarez, 23 años y a dos de convertirse en sacerdote, recuerda con regocijo su experiencia en la villa de Bajo Flores. Como si le encomendara a Dios sus palabras, saca un rosario de madera de su bolsillo y lo abraza con su mano derecha, algo temblorosa.

 

El 3 de febrero último volvió de pasar diez días viviendo en la Parroquia Santa María Madre del Pueblo, encabezada por el “cura villero” Gustavo Carrara. Rorro, como lo llaman sus amigos, integra la Comisión Nacional de Drogadependencia desde el año pasado, cuando visitó la villa por primera vez con sus compañeros.

 

-¿Qué te daba miedo antes de entrar la primera vez y qué te da miedo ahora?

-Lo que más nervioso me puso antes fue toda la paranoia que se genera en torno a la villa, que me robaran o me mataran. Ese miedo se liberó mucho al ver cómo es el trato con los curas. Esta vez, que fui solo, mi miedo era ver cómo reaccionaba yo al final de día. No tenía tanto que ver con la realidad de la villa, sino con las realidades duras que uno vive ahí dentro. Me fortaleció mucho el tema de la oración, porque el diálogo que no tuve con mis compañeros se dio con Jesús. Todo lo que sentía lo descargaba en él, y seguía a partir de eso.

 

-¿Qué le podría pasar a cualquier persona que quiera entrar a la villa y no conozca a nadie dentro?

-Lo más probable es que corra un riesgo. Te pueden llegar a robar todo lo que tengas, por la necesidad de consumir. Si no te conocen es complicado. Te pueden apuñalar y hasta pegar un tiro. Es parte del riesgo que uno corre entrando. Si trabajás en el club o la escuela no te tocan, porque saben que se trata de personas que se preocupan por ellos y entonces no les sacan nada. Ni la ambulancia entra si el cura no llama, porque se sabe que les pueden robar todo.

 

-¿Cómo reacciona la gente frente a un cura?

-Es la reacción frente a algo santo. Se trata de una persona, un espacio y un tiempo distintos al que viven en cualquier otro momento del día. Cuando pasa el cura, no se consume. Si alguno está fumando pasta base, guarda la pipa hasta que pasa el sacerdote, se saca la visera y pide disculpas. El año pasado íbamos caminando con Gustavo y había unos chicos sentados que nos preguntaron si les podíamos dar la bendición. Yo, al principio, pensé que nos estaban cargando. Gustavo se dio vuelta, fue y les hizo la señal de la cruz a todos. Hay mucho respeto hacia los sacerdotes, porque es mucho tiempo el que llevan buscando el bien para ellos. Ahora hay un jardín, una escuela primaria y un secundario que armaron los curas para la gente de la villa, y también un club que se llama Madre del Pueblo, en el que aprenden diferentes deportes.

 

-Los profesores de estas instituciones, ¿son de la villa?

-En este momento algunos vienen de afuera y otros sí son de la villa. La idea es mostrar a los chicos que se puede progresar, que su única opción no es terminar muertos en un pasillo. Una vez que están en etapa de consumo (de droga, alcohol o pastillas), los únicos caminos que tienen son la cárcel o el cementerio, salvo que quieran cambiar de vida y empiecen el tratamiento. En ese caso los caminos se amplían muchísimo, tienen opciones ahí mismo. Entonces si ven que su vecino es su profesor de murga, piensan que ellos también pueden llegar a serlo.

 

-¿Cuál es el momento más “picante” del día?

-En general es una zona picante, pero de noche y con lluvia no se puede estar. Es muy complicado. Con la lluvia se ponen mal, fastidiosos porque muchos viven en la calle. Tienen una remera, un pantalón y una bolsa con otra muda de ropa en el mejor de los casos, y zapatillas si es que no se las robaron. Andar descalzo con agua y barro es un caldo de cultivo muy fuerte para que terminen explotando. Igual es muy complicado en general.

 

-¿Por qué llaman a la 1-11-14 “el shopping”?

-Porque hay mucha venta y compra de drogas. Tenés pastillas, alcohol, pasta base, paco y marihuana por todos lados. El alcohol es muy común, más que nada cerveza y vino. En la calle lo que más se ve es el paco, porque es lo más barato. Hay lugares puntuales de venta. En la esquina de la Parroquia, por ejemplo, venden porque juegan con la abstinencia de los que están en tratamiento.

 

-¿Viste gente con armas de fuego?

-No vi pero evidentemente hay, porque nos cae gente con tiros o nos cuentan. El primer día se me acercó un hombre que tenía ganas de charlar y me dijo que se sentía culpable porque le había pegado tres tiros a un tipo y no sabía si estaba muerto o no. También he escuchado tiros, dos o tres veces en todos los días que estuve. Ahora un día vino un chico con un tiro en la pierna, y la vez pasada también.

 

-¿No sentís el deber cívico de denunciar a alguien cuando te cuenta que mató a una persona?

-Te terminás dando cuenta de que el deber de uno pasa por apoyar al otro o tratar de que no vuelva a tener ciertos hábitos y no por decirle “mataste a un tipo”. Es obvio que uno no apoya eso y evidente que estamos luchando contra la muerte, pero uno no puede suplir la conciencia del otro. Hay penas que se tienen que pagar y estoy cien por ciento de acuerdo con eso, muchos ya tuvieron consecuencias. Del Sur al Norte conocen todas las cárceles. Creo que no hay que quedarse con la pregunta respecto de si hago o no la denuncia, porque hay que buscar el bien de la persona y de la sociedad. No sé si algún día van a cumplir la pena, pero creo que levantarse con el gusto a paco en la boca y saber que van a estar todo ese día con abstinencia ya es terrible.

 

-¿Cómo se maneja la frustración de saber que, mientras uno está saliendo del consumo, hay muchos otros que están entrando?

-Hay que saber que uno no es la solución sino una gota de luz en un mar de oscuridad. De a poco se trata de ir expandiendo esa luz. La gente que trabaja en el hogar y la escuela sabe que mientras una se recupera, caen muchas personas en el consumo. Y uno se pregunta: ¿vale la pena todo el esfuerzo solo por uno? Sí, porque esa persona que encuentra que su vida tiene un valor va a ser testimonio para los demás. Además, en la base del consumo están la búsqueda y la fuerza de la vida. Se drogan para seguir aguantando, para poder seguir viviendo. En el fondo, el primer movimiento es "consumo para sobrevivir".

 

-¿En qué se puede colaborar como sociedad?
-Uno tiene que saber primero el lugar que ocupa en la sociedad. Es muy difícil hacerse cargo de ellos, porque es un riesgo demasiado grande para algunas personas acercarse. Entonces uno sabe que ahí no, pero hay otros lugares donde sí se puede ayudar. La plata ayuda, pero si una persona está en la calle, va a seguir en la calle aunque alguien le dé mil pesos. Lo que sí puede cambiarle la vida a alguien es mirarlo a los ojos, agarrarlo de la mano, porque va a sentir: soy un hermano para alguien, existo. Y eso no tiene precio. Si no te hablan ni te miran durante todo el día, todos los días, no existís, y eso es peor que estar muerto.

Enviando...
Comentarios
No se encontraron comentarios.

Facebook

Twitter