Sociedad • Cultura urbana

Graffitis, esa feroz dedicación al estilo

¿Siguen en pie la rebeldía y el estilo que representaba el arte callejero en sus orígenes? La opinión de dos artistas locales.  

Manuel Montenegro // Viernes 29 de abril de 2016 | 19:40

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En todo el mundo, los vagones del subterráneo son un blanco deseado por los graffiteros. (Foto: Flickr @wallyg)

El histórico artista de graffiti estadounidense Lee Quiñones alguna vez dijo: “El subte es el medio de transporte elegido por las corporaciones para que la gente vaya a sus empleos. Lo utilizan como una manera de trasladar a toda esa masa de clones oficinistas. Los mismos trenes son clones. Se supone que todos deben estar pintados del mismo color. Esa es una forma de imperialismo y de control, y nosotros la alteramos por completo.

 

¿Sigue existiendo el espíritu que se oculta detrás de las palabras de Quiñones? La rebeldía anti-sistema que caracterizó el graffiti durante toda su historia, ¿está vigente en Buenos Aires? Artistas locales como Adeo y Lenka lo confirman.

 

“Como toda construcción cultural y social, el graffiti se fue transformando y adaptando a los tiempos que corren. Si hablamos de esencia, creo que sigue vigente en lo que respecta al graffiti; y en cuanto a la rebeldía…siempre sigue presente, dice Adeo. “La esencia del graffiti ilegal sigue más que vigente. Es cuestión de salir y mirar las paredes”, advierte Lenka.

 

Polémico desde sus inicios en Nueva York en la década del 70, el arte callejero sigue siendo tema de discusión en todo el mundo, y más aun cuando se trata del transporte público. Cada gobierno toma sus medidas para prevenirlo, y el de Mauricio Macri en los últimos 8 años en la Ciudad de Buenos Aires no fue una excepción. Los políticos utilizan el graffiti cuando se quieren hacer los progresistas y mostrar una ciudad moderna, para la foto. Ahora, cuando no están las cámaras de los medios, se termina la buena onda”, marca Adea para explicar el doble discurso que existe entre las autoridades de la Ciudad. “Se determina la legalidad dependiendo de si hay contrato de por medio o no. Por ejemplo, se contrata a Milo Lockett o a Martín Ron para pintar toda una estación de subte y está ok, pero si vos lo hacés gratis y poniendo tus materiales, tu tiempo, etcétera, es ilegal”.

 

Un caso aparte es el de los trenes. Cada vez menos artistas deciden arriesgarse debido a las medidas de seguridad que se tomaron en los últimos tiempos, con Florencio Randazzo como ministro de Transporte. “Implica mucho más riesgo ahora pintar un tren. Los nuevos recién empiezan a pintarse. Son pocos los graffiteros que se mandan. Pero bueno, creo que justamente quienes buscan adrenalina no pintarían si fuera legal pintar, porque no habría riesgo alguno”, expresa Lenka, y cuenta que antes era mucho más accesible pintar un vagón.

 

Uno de los principales problemas que conlleva ser artista callejero es la policía. En esta escena el abuso policial es más que frecuente, y tanto Adeo como Lenka lo saben. “El policía que pesca a un graffitero es como un ciudadano enojado e indignado pero con la posibilidad de poder hacer ‘justicia’ por mano propia en el mismo momento”, sentencia Lenka desde su propia experiencia: hace poco fue arrestado mientras pintaba una pared. Adeo, por su parte, ironiza: Mientras más de élite sea el barrio, más rápido te van a sacar. En los barrios más humildes no te dan pelota. Las fuerzas policiales siempre protegen a los que más tienen”.

 

“Se encargaron de mostrar e inflar la parte más negativa del graffiti, que es la de la ‘contaminación visual’. En vez de mostrar su cultura, de mostrarlo como un movimiento creativo, un reflejo más de lo que somos”, apunta Lenka sobre el trato que el arte del graffiti recibe habitualmente por parte de los medios de comunicación, y sobre cómo esa mirada influye en el resto de la sociedad.

 

En 1973, el periodista estadounidense Richard Goldstein publicó en la New York Magazine una nota en defensa del graffiti que quedó en la historia. El artículo decía: “Es posible que los chicos que escriben graffitis sean las personas más sanas y positivas de sus barrios. Cada uno de ellos tiene que ‘inventar’ su vida, y de esa manera su lenguaje y su cultura se elevan, se renuevan y transforman. Esa dedicación feroz al estilo es la fuente de su exuberancia”.

 

 

 

 

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