Sociedad • El insólito oficio de contar historias

Pura fábula

Inés Grimland se convirtió, a los 50 años, en narradora oral escénica. Ella rompe con los estereotipos femeninos, dirige espectáculos, dicta seminarios y, con su oficio, representa a la Argentina a nivel internacional. Sus andanzas y su modo de ver y sentir el mundo desde esta singular ocupación que revaloriza la palabra, promueve la lectura y recupera el espacio de encuentro, tan exiguo en la era de la comunicación virtual.

Myrna Cappiello // Martes 08 de octubre de 2013 | 19:58

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"Los cuentos me salvaron la vida", asegura Grimland.

En el barrio del Abasto se respira nostalgia. En el patio del Museo Casa Carlos Gardel, comadres y compadritos dejan volar la imaginación. Oyen historias sobre el mítico tanguero en la voz de esta mujer de oficio itinerante, de ojos oscuros, pelo corto y cobrizo, que entona “Mi Buenos Aires querido”. Inés Grimland –que revive cuentos como “Yo fui amante del Yeti”, de Roberto Fontanarrosa– emociona con sus palabras en “Gardeleanas”, el espectáculo del grupo "Contame una historia, mentime al oído", que ella misma dirige.

 

La mayoría de los espectadores son mujeres de su generación. “El tipo de público es ad hoc porque, en líneas generales, en Argentina los narradores somos mujeres mayores de 50”, explica Grimland. Aunque hace tres décadas surgieron en el país figuras como Ana María Bó, Ana Padovani y Juan Moreno, todavía la actividad está acotada a círculos reducidos. Si bien desde los tiempos más remotos se han trasmitido historias orales de generación en generación, fue recién en los últimos años que el género comenzó a consolidarse a nivel profesional. En América Latina, Cuba es pionera de la narración oral escénica. En Colombia está en boga y es ejercida por varones jóvenes.

 

Los cuentos me salvaron la vida”, asegura Grimland. Su semblanza personal es la de una simple mujer a la que el universo un buen día se le cayó encima. Se divorció, no era feliz, y buscó otro camino. Ese fue, quizás, el despertar de aquello que estaba dormido; el motor que hace siete años la empujó a estudiar e iniciar su carrera. Todo lo descubrió de grande. Hoy es psicóloga social, socióloga y narradora oral escénica, y lo único que no quiere revelar es su edad. Grimland celebra su hallazgo: “Narrar para mí es sanador”.

 

Ahora, en su nueva vida, vuela a festivales internacionales en los que representa con su oficio a la Argentina y se encuentra con los narradores más destacados del exterior. Escribe, brinda talleres, seminarios de humor y de creatividad. Dirige espectáculos y tiene 18 unipersonales en su haber. “La vida que llevo –realza Grimland– no tiene nada que ver con la de una típica mujer de mi edad, ni siquiera se parece a lo que yo había soñado, porque no sabía que existía todo esto.”

 

Fue madre joven -tuvo tres hijas- y ya es abuela. Era esposa y fabricante de ropa: “Una señora 'de la casa' más o menos normal”, ironiza. No sabe precisar si este oficio la encontró a ella o viceversa: “Sentía que tenía que darle una razón a mi vida. Y para cuando me di cuenta, mi mundo ya había cambiado”, admite. “Soy una sobreviviente.

 

Nacida en Ucrania, llegó a la Argentina con sus padres cuando tenía dos años pero fue ciudadana boliviana hasta hace poco tiempo. “Estoy reconstruyendo mi historia familiar de a pedacitos”, reconoce Grimland. Recién a los nueve años supo que era ucraniana: “En mi casa no se hablaba del tema por el fantasma de la deportación. Además, mis viejos habían pasado la guerra. Cuando me di cuenta de que había sido una tonta por no haber preguntado, ya era tarde”, se lamenta.

 

Algunos de los cuentos narrados -escritos por ella o por otros autores- abordan temas de género, con una cuota de picardía y humor. A partir de ellos, Grimland –que también es profesora de piano- apela a la creación de personajes, se atreve a cantar, hace magia, usa muñecos y marionetas para enriquecer el relato. Porque “no se narra solamente con la voz”, como ella misma subraya. “Uno cuenta con todo el cuerpo, desde las tripas. Con la presencia, con los movimientos, con la expresión y con la mirada”, asegura. Por eso hizo talleres de clown, tomó clases de teatro y también de canto.

 

Pasé casi la mitad de mi vida haciendo lo que pensaba que querían los demás, hasta que un día me pregunté por qué.” Ese hartazgo fue el disparador de “Juicio a los 50”, la primera obra que escribió. Después apareció “Las chicas de 50 no salen sin medias”, en la que Grimland se pregunta qué es ser una joven decente. Desnaturalizando los estereotipos, dice: “Me peleo mucho con lo que se supone que una debe hacer. Desde lo artístico trato de romper con cuestiones que se considera que son así porque así tienen que ser”. Y recalca: “¿Dónde está escrito? No hay nada que sea ‘normal’ per se”. Y eso, en ella, se nota.

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