Polideportivo • Crónica

Una ciudad que respiraba fútbol

La línea B de subte interrumpió su servicio el jueves a las 14.45, minutos antes del comienzo del partido Argentina - Croacia. Un cronista de Diario Publicable cuenta las sensaciones de recorrer una Avenida Corrientes vacía.

Álvaro Mattarucco // Viernes 22 de junio de 2018 | 19:48

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La estación Leandro N. Alem, sin ruido y sin pasajeros.

Eran las 14.45 y el cartel electrónico de la entrada de la estación Alem del subte B tenía dos palabras: Vamos Argentina. Algunas pocas personas bajaban las escaleras casi a las corridas para alcanzar un coche que partía al sonido del silbato del motorman. Me dirigí hacia la formación del andén izquierdo y me senté en medio de un tenso silencio: en menos de quince minutos la selección argentina jugaba el segundo partido del mundial contra Croacia, y yo sabía que iba a llegar tarde para ver el comienzo.

 

Diez minutos después, una voz por el altoparlante anunció que el servicio estaba interrumpido por falta de suministro de energía eléctrica. Un trabajador de Metrovías gritaba que se había cortado la luz en la estación Medrano. “Supuestamente están trabajando los bomberos para reestablecerla, no es por el partido”, aclaró. Subí y bajé dos veces del subte, y la imagen fue la misma: las personas sentadas, con sus miradas hacia abajo, directo a sus celulares. Apuesto lo que tengo a que el 95 por ciento seguía el partido. Iban quince minutos del primer tiempo, empataban 0 a 0.

 

Un vendedor ambulante sintonizó una radio y, ante la falta de ruido y gente en el andén, lo único que se escuchó fue el relato de un periodista que no llegaba a reconocer. “Era el último viaje y me iba a mirar el partido tranquilo, no puedo tener esta mala suerte”, se quejaba. La tercera salida del vagón fue para ir a la calle, ya que por dentro sentía que el corte de luz no se iba a arreglar hasta que el árbitro pitara y señalara el centro de la cancha en Nizhni Nóvgorod.

 

Veinte minutos del primer tiempo y el seleccionado nacional todavía igualaba. Varios reclamos que escuchaba por mis auriculares eran hacia todos los jugadores, en especial al muchacho con barba, que no llega al 1.70 y lleva la 10 en la espalda. Desde Avenida Alem caminé por Corrientes hacia arriba, hacia el oeste de la ciudad. Una ciudad que respiraba fútbol. En sus calles se notaba el poco e inusual tránsito para las tres y media de la tarde de un jueves.

 

 

 

Los bares repletos, las distinciones celestes y blancas en cualquier rincón y un televisor en el puesto de diarios de Florida y Corrientes. Posiblemente de 32 pulgadas, era lo suficientemente grande para que unas veinte personas formen un semicírculo a su alrededor. “Mirá lo que se perdió Enzo Pérez”, contaba un hombre. Seguíamos 0 a 0.

 

Caminé por Corrientes, Ayacucho y Lavalle. El comentarista de la radio que escuchaba describía muy poco del juego y, cada tanto, la señal se perdía. “Terminó el primer tiempo, la Argentina iguala 0 a 0”, casi que gritó el relator. Las veredas comenzaron a llenarse de gente, sobre todo de fumadores que durante 45 minutos tuvieron que calmar su vicio para poner la atención en Rusia.

 

Las personas aprovechaban la ausencia de los autos para cruzar por el medio de las cuadras. No se escuchaban bocinazos. La esquina de Lavalle y Junín era un desierto, sin insultos de conductores. Crucé la puerta de TEA y, de fondo, una voz avisó que empezaba el segundo tiempo. El resto es historia conocida. Paradójica y oficialmente, la línea B volvió a circular a las 17. Saquen cuentas.

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