Polideportivo • A 50 años de su fallecimiento

José María Gatica: una idolatría que no se extingue

Fue una leyenda del boxeo argentino. Idolo de multitudes, pero también odiado por muchos. Venido de lo más profundo de la miseria, su vida y su carrera son una parábola del peronismo y la Argentina de los años 50. Murió hace 50 años, después de haber regresado al mismo lugar donde comenzó una historia fabulosa.

Gabriel Beceyro @GaboBC14 // Martes 12 de noviembre de 2013 | 09:11

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Gatica en acción. Aqui en 1952, derrotando en el Luna Park a otro grande: el panameño Luis Federico Thompson.

Siempre fue blanco o negro, nunca hubo un gris. Así pasó su vida, de un extremo a otro, casi sin darse cuenta. No pudo mantenerse mucho tiempo en ninguno de los dos polos, tampoco pudo establecer un equilibrio y quedarse ahí. Así era José María Gatica. Un día regalaba un billete de mil pesos a un chico que lustraba zapatos, al otro día usaba un billete igual para prender un habano. O blanco, o negro.

 

Pero al despilfarro lo precedió la escasez. Nació el 25 de mayo de 1925 en Villa Mercedes, San Luis. Al principio, Gatica y su familia vivieron rodeados de nada, entre villas y conventillos. Ya en Buenos Aires, el “Mono” vendía caramelos, diarios y lustraba zapatos en Constitución. En esas noches de trabajo conoció la “Misión Inglesa”, donde dio sus primeros pasos en el boxeo. Desde chico fue germinando un profundo resentimiento hacia la sociedad burguesa. En esas peleas nocturnas lo descubrió Lázaro Koci, un peluquero albanés que lo manejó en el amateurismo. Al lustrabotas pobre lo cegó el mundo del éxito que se avecinaba.

 

Sintió que podía llevarse el mundo por delante. Pero no lo sentía porque sí, sino porque le mostraron que era así. En 1945, luego de triunfar en sus primeras peleas como profesional y ganarse los primeros pesos, su hinchada le festejaba cualquier acto, sea cual sea. Un chico que nació rodeado de miseria y desde los siete años trabajó por unas monedas, que con sus puños se abrió camino desde el anonimato hasta el estrellato y de pronto se vio siendo el centro de atención de un Luna Park repleto, ¿cómo no iba a sentir que tenía el mundo a sus pies?

 

Los triunfos y la fama iban creciendo a la par, mientras que su hinchada se hacía cada vez más grande. Cuando ya era una figura empezó a habituar los cabarets de la Av. Corrientes vestido con trajes de seda, galera y bastón. Generó amor y odio. La popular lo amaba, lo idolatraba. El ring side lo detestaba, festejaba sus derrotas.

 

Vio en Juan Domingo Perón a un líder político que representaba lo mismo que él, la clase trabajadora, la igualdad social y, además, fomentaba el boxeo, ya que el General era fanático del deporte de los puños. Pero Gatica no se sentía mucho menos que Perón y eso lo sintetizó en la frase “General, dos potencias se saludan”, mientras le estrechaba la mano en el ring side del Luna Park. Los peronistas, en el auge del movimiento político, también se veían reflejados en el boxeador y lo seguían a todos lados. Fue, y sigue siendo, un ídolo popular.

 

El por entonces presidente financió económicamente sus viajes a Estados Unidos porque le servía políticamente tener a un boxeador argentino en el Madison Square Garden. Sin darse cuenta, Gatica fue un producto explotado y desechado cuando llegó a su fecha de vencimiento. Fue el 5 de enero de 1951, cuando cayó por KO en el primer asalto frente a Ike Williams, el campeón del mundo liviano, en el Madison. Un mes antes, en el mismo escenario, había noqueado en 4 vueltas a Terry Young. Confiado por el resultado, para el segundo combate se alejó del gimnasio y volvió a la noche. Nicolás Preziosa, dueño de su rincón y su manejador en la era profesional, se alejó de su carrera por su falta de actitud. Perón le reprochó la decepcionante derrota y se desligó de él. Las sombras del ocaso comenzaban a asomarse.

 

Su carrera continuó, pero decreciente. Sus rivales no estaban a la altura de un boxeador con la carrera que tuvo el “Mono”. Su hinchada comenzó a dejarlo en el olvido poco a poco. El periodismo no lo llenaba de elogios. En 1955, la Revolución Libertadora le quitó la licencia y lo obligó a pelear clandestinamente en el Gran Buenos Aires y en el interior del país, siempre a estadio lleno. Se retiró el 6 de julio de 1956, noqueando en cuatro asaltos al debutante Jesús Andreoli en Lomas de Zamora. En 1957 buscó ganarse algunos pesos y volver a boca de todos con una pelea de catch con Martín Karadagián en la cancha de Boca, pero fue un fracaso.

 

Luego quedó en el olvido. La pobreza volvió a su precario hogar. Una inundación en la villa en la que vivía lo privó de sus pocos bienes. Por su exitoso pasado le brindaron una casa y trabajo para que viva casi dignamente. A los 38 años, el 10 de noviembre de 1963, salió de la cancha de Independiente, se tomó el 295 en la esquina de Herrera y Pedro de Luján, pero resbaló del estribo. El colectivo lo arrolló y agonizó durante dos días en el hospital Rawson, hasta que murió. Miles de personas asistieron a su sepelio en el cementerio de Avellaneda, adonde su féretro llegó llevado a pulso por la multitud. A pesar del olvido, nunca había dejado de ser un ídolo popular.

 

En mayo de este año, sus restos fueron llevados a Villa Mercedes nuevamente, cerrando un ciclo. Pasaron 50 años de su muerte, pero siempre será recordado como el aguerrido y excéntrico puntano que llenaba el Luna Park cada vez que peleaba

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