Malvinas 30 años • Más allá de las diferencias

La amistad en los tiempos de la guerra

El excombatiente Edgardo Blaguerman creó una relación cercana con soldados ingleses en Comodoro Rivadavia.

A. Vales y F. Carlucci // Domingo 24 de junio de 2012 | 23:01

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"Un soldado inglés al que teníamos prisionero me dijo que cuando ellos invadieran el continente me iban a tratar bien, porque yo lo hacía con ellos", relata Blaguerman.

 

“El más corpulento me dio su caja de primeros auxilios, que todavía conservo. Nos regalaron sus pañuelos y caricaturas nuestras que habían dibujado. Al final se había creado una muy buena relación, una amistad”, recuerda Edgardo Blaguerman, ex soldado del Liceo Militar General Roca http://liceoroca21.blogspot.com.ar/ que ejerció la función de intérprete cuando algunos combatientes británicos fueron apresados en el comienzo de la guerra de Malvinas http://www.lmgr1982.com.ar/ y trasladados a Comodoro Rivadavia el 3 de abril de 1982.
-¿Cómo fue el primer contacto con los ingleses?
-Les preguntamos qué querían comer. "¡Carne!",  gritaron. Ya les habíamos dicho que eran prisioneros de guerra y que iban a ser tratados según la Convención de Ginebra. Los ingleses no decían nada. Tenían una actitud muy profesional. Uno de ellos me preguntó cuántos años tenía. Y me contó que él tenía 38, que era padre de dos hijos, que había peleado en Indonesia. También me dijo que yo podía ser su hijo y que cuando ellos invadieran el continente me iban a tratar bien porque yo lo hacía con ellos. Después pidieron hacer gimnasia y mis superiores se lo permitieron. Fuera de la sala de armas, donde se habían puesto cuchetas, había guardias armados; pero nosotros, que estábamos en contacto con ellos dentro de la sala, estábamos desarmados.
-¿Recuerda alguna anécdota?
-Yo me llamo Edgardo, pero ellos pronunciaban "Edouardo". Una  noche se cortó la luz. De pronto, en medio de la oscuridad, los ingleses empezaron a golpear las camas con objetos metálicos y a gritar mi nombre para asustarme. Fue un poquito inquietante. Estaba nervioso. Por suerte la luz volvió enseguida.
-¿Cómo le encomendaron el trabajo de intérprete en la guerra?
-Cuando ingresamos a hacer el servicio militar, yo ya estaba destinado al Liceo General Roca en Comodoro Rivadavia. Nos hicieron completar unas planillas en las que pedían detallar estudios cursados y algunos datos más. Yo había hecho hasta cuarto año en la Cultural Inglesa y lo escribí. Cuando trajeron a los prisioneros, evidentemente hicieron una búsqueda entre los que sabían algo de inglés. Yo sabía un poco, pero comparándolo con lo que sabían los demás, parecía un maestro.
-¿Usted sabía que podía haber evitado ir al frente de guerra en Malvinas por saber inglés?
-No. La realidad es que yo fui educado con ciertos principios y si a mí me preguntaban algo respondía con la verdad. Contesté la planilla con lo que había hecho en mi vida y venía estudiando. Si no escribía nada, quizás no me quedaba en Comodoro Rivadavia sino que iba al frente en Malvinas. Los muchachos que no tenían ningún estudio, formaban parte de la policía militar. Un liceo militar es una escuela y como tal, tiene cierto funcionamiento. Había una administración -donde estaba yo-, una cocina y un centro de armas. Como tenía un poco más de conocimiento y educación que otros, me mandaron a la administración, tal vez porque antes de ir a  la guerra, estaba por ingresar a estudiar Ciencias Económicas, algo que también dejé asentado en la planilla. Había un chico descendiente de ingleses que se negó a hacer el trabajo de intérprete, y no lo hizo. Marcelo, mi compañero, y yo nos turnábamos. Nuestra ubicación era dentro de la cárcel, que se armó en la sala de armas del Liceo Militar, el único lugar enrejado, que se acondicionó para alojar a los prisioneros. Se desconocía su destino. El Liceo no tenía calabozo, era una escuela.
-¿Mantiene contacto hoy en día con los ingleses?
-Quisimos contactar a estos soldados por medio del ejército inglés, pero a pesar de eso no logramos dar con ellos. Cuando se iban a cumplir los 25 años, la idea fue tratar de ubicarlos. Conocíamos a una periodista que estaba casada con un oficial del Reino Unido y, a través de ella, intentamos hacer un contacto para ubicar a estos militares, como para hacer algún tipo de intercambio. Nunca se pudo hacer.
-¿Le consta que no mataron a soldados argentinos por el buen trato que recibieron los ingleses de parte suya y de su compañero?
-Me enteré cuando empezamos a buscar el reconocimiento en la sociedad argentina. En una reunión, un oficial contó que, cuando fue a una de las provincias, por un traslado militar, un suboficial que fue a la guerra le dijo que, estando a punto de morir, los ingleses le perdonaron la vida y le dijeron que lo habíamos tratado bien.
-¿Cómo eran los momentos de apagones en Comodoro Rivadavia?
-Eran eternos. Había avisos de bombardeos pero quedaban sin efecto después de un tiempo. Comodoro era el puente aéreo entre Malvinas y el continente. El aviso de los bombardeos venía del Servicio de Operaciones Tácticas de Malvinas. De alguna manera se les informaba a ellos. La ciudad se apagaba. No era solo el Liceo. Habíamos cavado pozos de zorro, que son zanjas de un metro y medio de profundidad por dos metros de ancho, sobre las que se pone un techo disimulado por tierra y pasto para que cuando pasen los aviones no descubran a los soldados que se ocultan. En caso de que hubiese habido un bombardeo, la orden era disparar parados desde ahí. A veces,  la psicosis que se generaba hacía que la gente se desesperara y que se generaran situaciones confusas. En una ocasión se empezaron a disparar entre regimientos argentinos. Por suerte, no hubo heridos. Días después de la llegada de los prisioneros, hubo también un tiroteo bastante intenso en los alrededores del Liceo. Nunca supimos quiénes nos dispararon.

El más corpulento me dio su caja de primeros auxilios, que todavía conservo. Nos regalaron sus pañuelos y caricaturas nuestras que habían dibujado. Al final se había creado una muy buena relación, una amistad”, recuerda Edgardo Blaguerman, ex soldado del Liceo Militar General Roca, que ejerció la función de intérprete cuando algunos combatientes británicos fueron apresados en el comienzo de la Guerra de Malvinas, y trasladados a Comodoro Rivadavia el 3 de abril de 1982.

 

Blaguerman y los prisioneros ingleses (Clarín).

 

 

-¿Cómo fue el primer contacto con los ingleses?

-Les preguntamos qué querían comer. "¡Carne!",  gritaron. Ya les habíamos dicho que eran prisioneros de guerra y que iban a ser tratados según la Convención de Ginebra. Los ingleses no decían nada. Tenían una actitud muy profesional. Uno de ellos me preguntó cuántos años tenía. Y me contó que él tenía 38, que era padre de dos hijos, que había peleado en Indonesia. También me dijo que yo podía ser su hijo, y que cuando ellos invadieran el continente me iban a tratar bien porque yo lo hacía con ellos. Después pidieron hacer gimnasia y mis superiores se lo permitieron. Fuera de la sala de armas, donde se habían puesto cuchetas, había guardias armados; pero nosotros, que estábamos en contacto con ellos dentro de la sala, estábamos desarmados.

 

-¿Recuerda alguna anécdota?

-Yo me llamo Edgardo, pero ellos pronunciaban "Edouardo". Una  noche se cortó la luz. De pronto, en medio de la oscuridad, los ingleses empezaron a golpear las camas con objetos metálicos y a gritar mi nombre para asustarme. Fue un poquito inquietante. Estaba nervioso. Por suerte la luz volvió enseguida.

 

-¿Cómo le encomendaron el trabajo de intérprete en la Guerra?

-Cuando ingresamos a hacer el servicio militar, yo ya estaba destinado al Liceo General Roca, en Comodoro Rivadavia. Nos hicieron completar unas planillas en las que pedían detallar estudios cursados y algunos datos más. Yo había hecho hasta cuarto año en la Cultural Inglesa y lo escribí. Cuando trajeron a los prisioneros, evidentemente hicieron una búsqueda entre los que sabían algo de inglés. Yo sabía poco, pero comparándolo con lo que sabían los demás, parecía un maestro.

 

-¿Usted sabía que podía haber evitado ir al frente de guerra en Malvinas por saber inglés?

-No. La realidad es que yo fui educado con ciertos principios y si a mí me preguntaban algo, respondía con la verdad. Contesté la planilla con lo que había hecho en mi vida y venía estudiando. Si no escribía nada, quizás no me quedaba en Comodoro Rivadavia sino que iba al frente en Malvinas. Los muchachos que no tenían ningún estudio formaban parte de la policía militar. Un liceo militar es una escuela y, como tal, tiene cierto funcionamiento. Había una administración -donde estaba yo-, una cocina y un centro de armas. Como tenía un poco más de conocimiento y educación que otros, me mandaron a la administración, tal vez porque antes de ir a la guerra estaba por ingresar a estudiar Ciencias Económicas, algo que también dejé asentado en la planilla. Había un chico descendiente de ingleses que se negó a hacer el trabajo de intérprete, y no lo hizo. Marcelo, mi compañero, y yo nos turnábamos. Nuestra ubicación era dentro de la cárcel que se armó en la sala de armas del Liceo Militar: el único lugar enrejado, que se acondicionó para alojar a los prisioneros. Se desconocía su destino. El Liceo no tenía calabozo, era una escuela.

 

-¿Mantiene contacto hoy en día con los ingleses?

-Quisimos contactar a estos soldados por medio del ejército inglés, pero a pesar de eso no logramos dar con ellos. Cuando se iban a cumplir los 25 años, la idea fue tratar de ubicarlos. Conocíamos a una periodista que estaba casada con un oficial del Reino Unido y por medio de ella intentamos hacer un contacto para ubicar a estos militares, como para hacer algún tipo de intercambio. Nunca se pudo hacer.

 

-¿Le consta que no mataron a soldados argentinos por el buen trato que recibieron los ingleses de parte suya y de su compañero?

-Me enteré cuando empezamos a buscar el reconocimiento en la sociedad argentina. En una reunión, un oficial contó que, cuando fue a una de las provincias por un traslado militar, un suboficial que fue a la Guerra le dijo que, estando a punto de morir, los ingleses le perdonaron la vida y le dijeron que lo habíamos tratado bien.

 

-¿Cómo eran los momentos de apagones en Comodoro Rivadavia?

-Eran eternos. Había avisos de bombardeos pero quedaban sin efecto después de un tiempo. Comodoro era el puente aéreo entre Malvinas y el continente. El aviso de los bombardeos venía del Servicio de Operaciones Tácticas de Malvinas. De alguna manera se les informaba a ellos. La ciudad se apagaba. No era solo el Liceo. Habíamos cavado pozos de zorro, que son zanjas de un metro y medio de profundidad por dos metros de ancho, sobre las que se pone un techo disimulado por tierra y pasto para que cuando pasen los aviones no descubran a los soldados que se ocultan. En caso de que hubiese habido un bombardeo, la orden era disparar parados desde ahí. A veces la psicosis que se generaba hacía que la gente se desesperara y que se gestaran situaciones confusas. En una ocasión se empezaron a disparar entre regimientos argentinos. Por suerte, no hubo heridos. Días después de la llegada de los prisioneros, hubo también un tiroteo bastante intenso en los alrededores del Liceo. Nunca supimos quiénes nos dispararon.

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Comentarios

Anonimo  |  20-09-2015 16:56:01

Como me gustaria ser voluntario e ir a las Falklands para matar Argentinos......Negros ridiculos no sirven para mierda.

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Maria Ines Farrán  |  14-06-2012 13:44:21

Felicitaciones!!!! Muy buena nota contando la experiencia de alguien que estuvo en la Guerra Saludos

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