Fútbol • Había sido campeón del mundo en 1978

Un socio vitalicio del potrero

René Orlando Houseman falleció este jueves a los 64 años luego de luchar durante meses contra un cáncer de lengua. Entre lamentos y recuerdos, el mundo de la redonda despide al último wing del fútbol argentino.

ALAN MALDONADO @ALANMALDONADO10 // Viernes 23 de marzo de 2018 | 09:43

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René, sonriente, durante un homenaje a los campeones de 1978.

“Nos tenía acostumbrados a estas amenazas en los últimos tiempos, pero siempre salía ileso. Esta vez no pudo. Lamentable”. Esas fueron las declaraciones de César Luis Menotti en Radio Cooperativa tras enterarse de la muerte de René Houseman. Lo dirigió en la Selección Argentina campeona del mundo en 1978 y estableció un vínculo muy fuerte con el oriundo de Santiago del Estero. El cáncer de lengua lo tuvo a maltraer en los últimos meses y fue el único partido que no pudo ganar. Intentó gambetearla, como lo hizo durante toda su vida ante los defensores rivales, pero esta enfermedad fue una muralla demasiado fuerte.

 

El Loco fue una persona austera, reservada y poco mediática. Su gran pasión fue el fútbol: ya de grande se mostraba durante los fines de semana en el Bajo Belgrano, pegado al alambrado, alentando a Excursionistas, uno de sus dos amores junto con Huracán. Como si fuera una paradoja del destino, su debut en Primera División se dio en el clásico rival, Defensores de Belgrano, en 1971. La enorme habilidad en el mano a mano, la velocidad y su condición de ambidiestro le dieron la posibilidad de jugar en Huracán y salir campeón en el recordado Torneo Metropolitano de 1973. Allí también fue dirigido por Menotti y se convirtió en ídolo.

 

Fuera del verde césped su vida fue un tanto caótica. Durante años sufrió de adicción al alcohol, al punto de llegar a jugar ebrio un partido ante River. A pesar de ello, ese día convirtió un gol. Luego pidió el cambio porque, según él, su estómago “era una coctelera”. Debido al vicio, estuvo internado 20 días en el Hospital Durand. Pudo salir y a partir de allí nunca más tocó una botella. “Un día me fui de trompa contra el suelo y sentí mucha vergüenza. La terapia con mis compañeros de truco fue importantísima. Lejos de insistirme para que tomara, me alentaban para que no lo hiciera. Lo mismo con mi familia”, contó en una entrevista para Revista SH.

 

 

Houseman fue una persona sencilla. En la ceremonia de apertura del Mundial de Alemania 2006 asistió junto a todos los campeones, pero marcó la diferencia por un detalle. Como los zapatos le apretaban, decidió ponerse unas zapatillas. Todos vestían saco y corbata, pero él los combinó con calzado deportivo. De yapa, encendió un cigarrillo y se puso a fumar. Fue una clara muestra del grado de importancia que le daba a los “flashes” y al mundo del “qué dirán”. 

 

Le dio la mano a Jorge Rafael Videla y se arrepintió, admiró toda su vida a Juan Domingo Perón y pudo conocer a Néstor Kirchner. “Me puse traje para ir a la Casa Rosada. Durante los 40 minutos que estuve ahí temblaba, imaginate conocer al Presidente de la Nación, que te abrace, te esté elogiando. Me emociono ahora, imaginate en ese momento”, relató en una entrevista con alumnos de Tea y Deportea.

 

En una nota realizada por El Gráfico en 2007, el Loco contó que tenía miedo de morirse. Él ya suponía que el cáncer le estaba tocando la puerta. Como si fuese una maldición hereditaria, Houseman padeció la misma enfermedad que le quitó la vida a sus padres.

 

Nunca se olvidó de su lugar en el mundo. Su identificación con el Bajo Belgrano fue tan fuerte que jamás salió de ese círculo. Esa siempre será su casa. Las canchas de tierra, los arcos de piedras y el ADN de barrio reflejan lo que fue durante toda su vida: un socio vitalicio del potrero.

 

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