Fútbol • La tela y la pintura como pasión

"Nuestras salas de arte son las tribunas y los alambrados"

Aerógrafo y soñador, Pepe Perretta es el artista más buscado por las hinchadas argentinas que quieren una bandera gigante (telón). "Cada chorro de pintura es una parte mía, y cuando sale a la cancha es como el nacimiento de un hijo", grafica.

Santiago Acosta // Martes 14 de marzo de 2017 | 19:56

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Pepe y su equipo de trabajo en el taller de Villa Celina.

Era un martes atípico en Núñez. Ese 16 de noviembre de 2010 había mucha más gente de lo habitual en las calles. Personas que vestían los mismos colores y se dirigían hacia el mismo lugar: el estadio de River. Ese día se jugaba el Superclásico contra Boca, luego de haberse postergado el por un recital.

 

Los Borrachos del Tablón, la barrabrava de River, ya estaba en el estadio. Los muchachos habían llegado temprano porque tenían preparada una sorpresa: se trataba de su nueva bandera, la más grande de la Argentina. Un telón gigante hecho de 170x55 metros de tela y más de 200 litros de pintura.

 

Una peregrinación de hinchas de River entró a la tribuna sosteniendo la bandera sobre los hombros. Más de cien personas, que a lo lejos parecían diminutas hormigas, trasladaron las dos cuadras de telón hasta lo más alto de la tribuna.

 

Cuando River entró en el campo de juego, se produjo un estallido: miles de papelitos salieron despedidos por el aire y olor a pólvora y el humo rojo de los fuegos artificiales inundaron las tribunas. Por unos segundos no se vio nada. Cuando el humo por fin se disipó, las 60 mil personas que estaban en la cancha se quedaron paralizadas: un enorme telón empezó a desplegarse desde lo más alto de la popular hasta cubrir toda la tribuna.

 

Miles de flashes capturaron lo que estaba pasando. Algunos, al borde de las lágrimas, no daban crédito a sus ojos. En la bandera se podía leer “Club Atlético River Plate” y la fecha de su fundación, “25/05/1901”. A un lado estaba pintado el escudo y, al otro, las Islas Malvinas. En el centro, una damajuana sombreada de rojo, envuelta en una bandera que decía "Los Borrachos del Tablón". Era tan grande que ocupó más de lo previsto y traspasó el espacio entre las dos tribunas para abarcar parte de la platea lateral.

 

 

El aerógrafo José Pepe Perreta fue el artista que la realizó, como tantas otras, desde hace más de 15 años. “Una bandera no se firma, vos vas a cualquier cancha y ya reconocés nuestro estilo y cuáles son las banderas que pintamos”, dice Perreta. 

 

El telón de River no fue un trabajo más para Pepe. Ya había pintado banderas para todos los equipos grandes menos para el Millonario, de quien su padre, Antonio Perretta, era fanático. Pepe le cobró la bandera más barata a la hinchada de River, a modo de regalo a su papá.

 

 

El día que se estrenó, Pepe fue a buscar a Antonio a su trabajo, lo llevó a la cancha y, sin decirle lo que iba a suceder, se ubicaron en la tribuna opuesta a la que exhibiría la bandera. Al ver desplegados los 170 metros de tela, Antonio, que nunca había aceptado el trabajo de su hijo, se puso a llorar. “Fue la primera vez que me dijo que estaba orgulloso de mí. Ahí entendió que este trabajo era mi vida”. 

 

Pepe tiene 39 años y más de 70 banderas hechas. Pero no siempre se dedicó a la aerografía. Hasta los 25 años, trabajó en el Mercado Central, en los negocios de fruta y verdura de su padre. Se levantaba todos los días bien temprano y se iba a trabajar. Con el tiempo, llegó a tener sus propios puestos. Pero a Pepe no le gustaba esa vida, se sentía un esclavo. Trabajaba de domingo a domingo y a veces hasta 16 horas por día.

 

Un día, en 1994, Perretta se cansó de esa vida sacrificada y, pese al rechazo de su papá, largó todo, hizo un curso de aerografía y abrió un taller de pintura. La necesidad lo llevó a pintar de todo: las motos de sus amigos, motos que salían en revistas de exposición, persianas de negocios del barrio, peloteros, cuadros. Tuvo que pedir fiado en la carnicería y el almacén del barrio varias veces para llegar a pagar los impuestos y hacer de todo para seguir adelante. “Luché por mi sueño y fue a todo o nada. Vendí la tele, vendí todo, para poder seguir con el taller”.

 

Un amigo de Pepe tenía una hija fanática de Boca que cumplía 15. Para su fiesta, el vestido iba a ser de color azul y oro y en el carnaval carioca iba a entrar La 12 (la barra xeneize) tocando los bombos y las trompetas. El amigo de Pepe le pidió que le hiciera un retrato de su hija con el vestido. Cuando la hinchada xeneize vio el retrato terminado, quedó deslumbrada por su talento. En ese mismo instante le pidieron su primer telón: una bandera azul y oro con el 12 encuadrado. Así, de casualidad, se metió en las tribunas y en el mundo de las hinchadas

 

Luego de pasar por Colombia para participar como jurado en un reality show donde se eligió el mejor telón de las hinchadas locales, el avión de Pepe aterrizó en Nápoles, Italia. Ni en sus mejores sueños se imaginó viajando hasta ahí para pintar unas banderas para el Napoli y otros equipos italianos, como Torino. Allí realizó un tour de hinchadas hasta que llegó a Francavilla, Florencia, la ciudad natal de su padre, donde tenía varios primos lejanos. Uno de esos primos resultó ser el presidente del F.C. Francavilla, y le pidió que le diseñara una bandera para su club. Pepe pintó una bandera con la cara de su padre, Antonio, que había fallecido hacia unos años y nunca pudo volver a Italia. 

 

UNA ANÉCDOTA ÚNICA

Pepe estaba trabajando cuando unos miembros de la hinchada de Huracán entraron en su taller en Villa Celina. Se habían enterado que iba a pintar un telón para San Lorenzo y no querían quedarse atrás. Cuando llegaron, vieron que estaba pintando unos bombos de color azulgrana con un cuervo en el centro. Los hinchas de Huracán no le prestaron atención a los bombos del Ciclón, estaban empeñados en mostrarle un papel con la idea de un telón con forma de globo.

 

El día del San Lorenzo-Huracán, se estrenaron los dos telones al mismo tiempo. Pepe estuvo en ambas tribunas enseñándole a cada hinchada cómo desplegarlo. Ninguno le recriminó por pintar el del rival. Todos estaban contentos y lo felicitaban por lo bien que había quedado su bandera.

 

“Una bandera es un manto sagrado para un hincha. Estás volcando toda la pasión que él tiene por sus colores en tela, reflejás todo su sentimiento. Muchos hinchas se emocionan cuando vienen a retirar sus banderas. Yo soy hincha y sé lo que significa una bandera. Dejo todo en un telón. Cada chorro de pintura que sale es una parte mía, y cuando sale a la cancha es como el nacimiento de un hijo”. 

 

Desde muy chico, Pepe es fanático de Nueva Chicago, pasión que le transmitió a su hija Naru. Ambos se dirigen a la cancha a ver al Torito. Una de las alegrías que le dio la vida es poder compartir broncas y festejos con su hija en la tribuna. Cuando llega, lo reconocen y lo saludan, porque saben que el telón que bajará desde la popular lo pintó él. El trapo tardó mucho en hacerse por las internas de la barra de Chicago. Cuando ven bajar la bandera, la hinchada y su hija, que también le puso pintura al telón, se emocionan. Aunque Pepe trató de inculcarle su pasión por la pintura, ella no tiene interés en la aerografía. 

 

MÁS QUE UN TALLER, UN MUSEO

Detrás de un portón blanco, en una calle escondida en su barrio de toda la vida, Villa Celina, está el taller de Pepe, BA Aerografía. En la entrada está su perro, un amistoso Golden Retriever viejito, que le pide caricias a todo el que entra. Varias cajas con donaciones para colegios están amontonadas contra la pared. Si no fuera por el intenso olor a pintura fresca, daría la sensación de que más que un taller se trata de un museo: el piso esta alfombrado de un color verde que simula el césped de una cancha, las paredes están repletas de cuadros con fotos de futbolistas y amigos abrazados a Pepe, y decenas de camisetas, gorros y bufandas de clubes de todo el mundo.

 

Su escritorio tiene forma de arco de futbol, con red y todo. Ahí detrás está sentado Pepe, fumando un cigarrillo mientras diseña una bandera de Talleres de Córdoba en la computadora y contesta mensajes en Facebook. De fondo suena en la radio una canción de rock. Ya casi no pinta. A los 39 años, las rodillas y los brazos le duelen más que antes y el trabajo pesado se lo deja a sus compañeros, que se encargan de pintar el 70 por ciento de las banderas.

 

NI LA PASIÓN SE SALVA DE LA CRISIS

Perretta piensa retirarse en tres o cuatro años, cuando llegue a los cien telones. Le dejará el taller a su equipo y lo asesorará. Pero está preocupado, porque el retiro quizás le llegue antes. Con la recesión económica tras varias medidas del Gobierno Nacional, el pedido de banderas disminuyó y está pensando en cerrar el taller el año que viene o buscar otro trabajo si la cosa no mejora. “Gracias a nuestro amigo presidente quedamos muy pocos, el trabajo se nos cayó mucho. Antes éramos nueve acá en el taller. Ahora somos cuatro y hay trabajo para tres. Lo que hacemos nosotros es un lujo, y lo primero que se cae en una crisis es el lujo”.

 

Perretta vivió toda su vida en Villa Celina y se crió en la esquina. Mide un metro ochenta y tiene una barba envejecida. Bajo sus nudillos, una letra por dedo, tiene tatuado "Todo o Nada"; en el pecho, "Mi límite es el cielo", y en las manos, "De la nada a la gloria me voy". “Con mis manos, con la pintura, llegué hasta la gloria. De mi taller en Villa Celina hasta el estadio San Paolo, en Italia, donde jugó Maradona. Por mi trabajo. Los sueños que me fui proponiendo los cumplí todos. Nuestras salas de arte son las tribunas y los alambrados. En un museo jamás vas a ver a alguien llorando por una obra de arte, y yo eso lo vivo fin de semana tras fin de semana”.

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