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Tango, el último denominador común

Construido a base de inmigrantes y locales, de mujeres y malevos, de marginalidad, glamour, mitos y héroes, el ritmo rioplatense libró, durante su siglo de historia, una larga batalla entre la apertura y el olvido. Actualmente, las compañías internacionales lograron un auge sin precedentes, acercándolo a nuevas generaciones.

M. Alegre, S Martin y A. Nabaes // Miércoles 08 de febrero de 2017 | 17:53

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Catedral Tango, una de las milongas predilectas de la Ciudad. (Foto: GiraBsAs)

"Dejalos que ya van a llegar", decía Aníbal Troilo sobre quienes no habían abrazado el tango no por su edad, sino por su falta de madurez. Con cien años, esta corriente de la música rioplatense estuvo rodeada de historias de bodegón y arrabales. De inmigrantes y nacionales; de mujeres y malevos; de marginalidad, glamour, mitos y héroes compactados en un siglo de historia. El mundo cambió y, como no es la excepción, el tango libró una batalla encarnizada entre la apertura y el olvido.

 

Este elemento de la cultura popular vivió un proceso de auges y caídas. Así, durante su transformación, pasó de ser un género de las clases marginales a llenar teatros de todo el mundo para terminar de ser un producto cultural autóctono. El escritor Héctor Benedetti explica que surgió en "las orillas" del Riachuelo, donde se bailaba en los conventillos, en los boliches de carreros y cuarteadores de la zona sur, en los barrios de La Boca y San Telmo.

 

Las masas de inmigrantes provenientes de Europa incorporaron al tango aquellas historias de jóvenes que extrañaban su hogar, sus mujeres y sus tierras. También evidenciaban su falta de educación en el lunfardo de las letras. De ahí el uso de términos como "compadrito", "malevos" y "guapos". El salto del arrabal a la Ciudad no fue una simple entrega a la música del momento: "El tango fue el código de defensa de la identidad nacional frente al inmigrante", cuenta Élida Casco, profesora de danza licenciada por el Centro Educativo del Tango de Buenos Aires.

 

Las mujeres estuvieron siempre presentes en las letras, pero primero de forma peyorativa. Luego, de la mano de Eladia Blázquez, reconocida cantautora, cambió el patrón lírico, que pasó a retratar las problemáticas sociales y una nostalgia permanente. Esta última se encuentra entre las composiciones: en las primeras, referenciada en mujeres sin nombre, y en las posteriores como Buenos Aires, que tomaría el protagonismo a partir de los  años 30. "Nunca tuvo problemas de género, más bien exaltó a la mujer como parte de su esencia, aportó sensualidad", analiza Casco.

 

Así, en una época de fugaz efervescencia, coincidieron los primeros gobiernos democráticos, Roberto Arlt, los migrantes y el lunfardo, el fútbol profesional y el tango, con su herencia impura, producido en los ostentosos teatros de la calle Corrientes. Empezó la época dorada, que se prolongó, en palabras de Pedro El Indio Benavente, más allá de lo que detallan muchos libros, desde 1930 hasta mediados de 1950.

 

El Indio tuvo todo para triunfar en el mundo, hacer dinero y vivir cómodamente. Lo cambió por la enseñanza: desde hace 25 años se instala todos los domingos en la plaza Dorrego de San Telmo, donde brinda una clase a cielo abierto y gratuita para los que buscan sumarse. "El tango nos pertenece a todos. De alguna forma, aunque tenemos miradas diferentes, lo que nos aúna es ese caldo intelectual en el que tenés un Borges y un Discépolo", dice mientras desarrolla los conflictos ideológicos al interior de una sociedad "en la que siempre hubo una grieta", pero que se sometió a esta música como común denominador.

 

Héctor Benedetti, en tanto, cuenta que en los años 20, 30 y 40 había orquestas y cantantes en Europa y Asia que hacían sus propios repertorios de tangos regionales con asuntos locales: artistas muy solventes que en la mayoría de los casos los argentinos jamás conocieron. Luego de la segunda post guerra, el escritor identifica el avance de los medios masivos como factor determinante del colapso. Estos acercaron al público una oferta artística y cultural novedosa, que se relacionaba además con el espíritu de "liberación" de la época. Ante esto, el tango reaccionó encerrándose en sí mismo.


LA ACTUALIDAD

El declive comenzó en los 50; en los 60 se acentuó, en los 70 colapsó y en los 80 llegó a tocar fondo. Para ese entonces el tango ya estaba reducido, efectivamente, a un nicho de nostálgicos. A partir de los 90, Benedetti identifica el "boom" internacional de la mano del nacimiento de las milongas de barrio y la especialización de la danza. Además, y luego de largas décadas de agonía, las compañías internacionales lograron un auge sin precedentes. Fue el momento del Tango for export.

 

En su libro “El tango, una danza: esa ansiosa búsqueda de la libertad”, el autor Rodolfo Dínzel desmaraña el hilo histórico del momento: "Estamos frente a lo que podríamos titular el espectáculo teatral de tango más importante del género. Se instaló en plena vigencia y fue un éxito en las principales urbes del mundo. Aunque sus creadores quisieron mostrar un arte popular en decadencia, con su fuente excesiva e intrínseca pudo demostrar que sigue vigente y maduro para ser consumido una vez más por distintas culturas del tiempo nuestro".

 

En ese nuevo caldo de cultivo se ubica Nayla Danchuk, cantante internacional y promotora de la cultura milonguera. "Tengo una visión bastante optimista del tango en la actualidad. Hay muchos jóvenes que lo frecuentan desde el ámbito de la danza, de la milonga, el baile. Me gusta ir a milonguear, y se ve que hay muchos que estudian, que toman clases y que se comprometen".

 

Pero hay más, porque el tango también se involucra en áreas como la salud y la inclusión social. "He visto curados los síntomas del Parkinson. Cuando un paciente se abraza con su pareja, el temblequeo cesa", cuenta Élida sobre su rol de ayudante terapéutica del hospital Favaloro.

 

"No distingo entre él y ella, tengo colgada la bandera del tango Queer y creo que cualquiera puede bailar con cualquiera, independientemente de su sexo y orientación", asevera Indio antes de recordar la experiencia más fuerte de su carrera: "Pude acompañar y ver cómo jóvenes en sillas de ruedas empezaban a bailar. Cada vez que lo vuelvo a ver se me caen las lágrimas".

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