Especiales • 10 AÑOS DE LA TRAGEDIA DE ECOS

Sobrevivientes: crecer desde el dolor

Muchos de los chicos que sobrevivieron todavía se rehúsan hablar sobre el pasado. Otros prefieren hacerlo para exorcizar sus fantasmas y pensarse un futuro. Hay quienes buscaron caminos alternativos, como el teatro, y transformaron el horror y lo inexplicable en “otra cosa”. Pero ninguno pudo olvidar jamás lo que dejó atrás esa noche, en el camino.

Andrés Scarola @AndyScarola // Lunes 26 de septiembre de 2016 | 17:56

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En 2006, Antonella Albamonte fue una de las alumnas del colegio porteño Ecos que fue al Chaco en misión solidaria. Sobrevivió al accidente. 

Diez años quizás parezcan toda una vida. Con una causa al borde de la prescripción y sin culpables, aún quedan heridas sin cerrar, relaciones rotas, sentimientos vulnerados y decenas de voces repartidas por el país con versiones desgarradoras de lo que pasó ese 8 de octubre de 2006 en una ruta santafesina.

 

“De alguna forma, las vivencias tan fuertes y traumáticas repercuten en aquello que uno piensa, lo que se pregunta, lo que crea”, dice Nataly Lipsky, de 26 años, protagonista de aquella noche imborrable en su memoria. El acompañamiento de la familia fue fundamental en los chicos que sobrevivieron al choque. Terminar la secundaria pasaba de ser una de las mejores etapas de la vida a convertirse en un calvario constante de recuerdos y sensaciones del horror. Luego del accidente, los chicos solían reunirse en el SUM del colegio para verse, permanecer en silencio y compartir lágrimas. “De repente, lo que era ruido, risas, pasó a ser desolador. Pero también nos unía algo imposible de transmitir afuera”, recuerda Nataly.

  

Según el psiquiatra Marcos Feliziani (MN 102.721), la superación de un episodio de este calibre depende de cada individuo, el trauma por el que atravesó y de la estructura mental de cada uno. “La evolución y el pronóstico es variable. Este tipo de traumas suele acompañar por bastante tiempo al paciente, eso también es variable desde meses a años”, asegura el especialista.

 

El tratamiento psicológico se transformó en algo sumamente necesario para los sobrevivientes de la tragedia. Antonella Belmonte tiene 27 años y es docente. Aquella noche viajaba a bordo del micro junto a sus compañeros de Ecos. Dos años de terapia de estrés post traumático y otros tratamientos alternativos, como el consumo de medicamentos, la salvaron del pozo: “Hace cuatro años tuve que empezar a tomar medicación porque no me sentía bien”, cuenta.

   

Feliziani distingue entre el tratamiento psicoterapéutico y psicofarmacológico. Ambos pueden resultar vitales. La terapia cognitiva conductual y la familiar suelen ser los abordajes más recomendados. Y, si bien estos métodos de superación posiblemente se hayan repetido en varios de los 40 sobrevivientes, al cabo de un tiempo, algunos decidieron tomar otro camino.

 

“Llegó un momento que no quise ir más al psicólogo, era todo el tiempo hablar de la tragedia y ya no quería más, asi que opté por el teatro”, cuenta Rocío Valente, de 26 años. Del mismo modo ocurrió con Nataly, quien señala que lo artístico siempre estuvo en su vida. Lo remarca como un canal por el cual algo inexplicable, intransmisible y horroroso puede salir, mutar, ser otra cosa.

 

 

 

 

El micro partido en dos, la imagen más desgarradora de la madrugada del día siguiente, repercutió en las vivencias de los chicos en los años siguientes. Algo tan trivial y cotidiano como un viaje en colectivo comenzó a ser una actividad que, por lo menos durante un tiempo, algunos prefirieron evitar. “Luego de unos años, volví a subirme a un micro, pero me sigo despertando de a ratos y, cada vez que dobla o hace un movimiento brusco, por ahí me largo a llorar y sigo durmiendo”, cuenta Antonella. Las sensaciones y los recuerdos toman parte en la aventura de salir a la ruta.

  

A lo largo de estos diez años, el foco estuvo en quienes perdieron la vida en el choque y en la búsqueda de justicia para todos los que volvían esa noche desde Chaco a donde habían concurrido para visitar a la escuela rural que apadrinaba Ecos. La marca de la “solidaridad” ha quedado implantada de algún modo en la memoria de los chicos fallecidos, aunque todos compartieron ese viaje, ese intercambio de culturas. Todos eran chicos, con intereses de adolescentes y con ganas de vivir. “No éramos jesuitas, éramos pendejos”, resalta Nataly. Esa noche quedaron en la ruta diez vidas, pero también muchas ganas de vivir.

 

“Ser sobreviviente no significa decir 'listo, estás vivo y ya está'. Seguir medicada y con secuelas luego de diez años creo que también forma parte de ser víctima”, sostiene Antonella. El “no lugar” o la “no historia” ha marginado a los chicos del acompañamiento y el recuerdo constante hacia las víctimas fatales. “De repente, vos mismo te preguntás sobre si de verdad es horroroso lo que viviste o si no lo es tanto porque no falleciste”, dice Nataly con dolor.

 

El fiel reflejo de este vacío que cuentan los chicos ha sido el Festival del Alumno Solidario, cada 8 de octubre en recuerdo de las víctimas, a donde suelen concurrir artistas y músicos populares. Esta movida impulsada por los padres de los chicos fallecidos despertó admiración en los sobrevivientes, a nivel trabajo y compromiso, pero muchos comparten que no representa para nada los sentimientos que atraviesan ese día.

 

“El primer año fue terrible, no estaba para nada de acuerdo con lo que estaban haciendo pero tampoco se podía ir en contra de la expresión de dolor que necesitaban los padres. Fue durísimo ver gente saltar, gritar y fumar porro cuando atrás pasaban fotos de los chicos fallecidos”, relata Antonella.  A medida que los chicos percibieron que también atravesaban problemas desde su lugar de sobrevivientes, eligieron no asistir más. No es un día más en cada año de los chicos, y Nataly cuenta su experiencia: “Cuando me fui dando cuenta de que yo también era parte de la historia, que no solo eran los fallecidos, sino que la experiencia, el horror y el dolor de los sobrevivientes también son parte del 8 de octubre, me pude permitir, respetando mucho a las familias, dejar de ir y estar ese día como puedo, con mi familia y afectos, o incluso sola. Pero en contacto muy sincero con mi tristeza y mis recuerdos”.

  

Aunque aún resta la opción de la Corte Suprema de Justicia, la causa sufrió un gran revés con la prescripción dispuesta hace algunas semanas con la decisión del máximo tribunal provincial. De pronto, todo quedó en la nada, como si nada hubiese ocurrido.

  

En frío y lejos del momento del horror, los sobrevivientes comparten la visión de muchos padres de que una maniobra egoísta del chofer, decidida en cuestión de milésimas, terminó con la vida de sus compañeros, aunque “si el camión hubiese impactado desde otro lado, sólo cambiarían los nombres de los fallecidos”. La culpa recae sobre Oscar Atamañuk, el chofer de aquel interno de Expreso Godoy. Según Feliziani, al tratarse de un hecho tan traumático, tan imprevisible y sin ninguna explicación, deriva en la “necesidad” de encontrar un culpable de alguna manera. “La prescripción de la causa es como si nunca hubiese pasado nada. Es una gran ofensa, tanto a los padres de las víctimas, a los chicos, y a nosotros, los sobrevivientes", dice Antonella.

   

Cuesta pensar en algún saldo positivo en medio de algo tan injusto y espantoso. Pero entre las llagas vivas en los sobrevivientes, subsisten marcas que los acompañan desde entonces: el hecho de apreciar la vida desde otra perspectiva, ser feliz en lo cotidiano, buscar gente que contagie alegría y compartir. Los chicos sienten que la vivencia los forjó como personas y les dio otra oportunidad. “Intento que aquello que me puso en un plano tan extremo me ayude a poder valorar lo mucho que tengo. Dar y recibir”, concluye Nataly.

 

Investigación y producción: Andrea Rigaud (@andirigaud), Florencia Taccone (@FlorTaccone), Cynthia Galassi (@CynGalassi) y Camila Cuesta (@CamiCuestta).

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