Especiales • LA NEGATIVA A UN CARGO PÚBLICO

La avanzada militar posterior al renunciamiento

Integrantes de las Fuerzas Armadas, comandados por el general Benjamín Menéndez, intentaron derrocar a Juan Domingo Perón en 1951, el mismo año del rechazo de Eva Duarte a ser candidata a vicepresidenta. Acusaban al General de haber llevado a Argentina a “la quiebra total de su crédito tanto en lo moral y espiritual como en lo material”.

S. De Vita, A. Maldonado, R. Naveira y F. Quilencheo // Miércoles 17 de agosto de 2016 | 19:21

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El presidente fue acusado por Menéndez de “quebrar” a la Argentina.

Es viable que, ante la posibilidad de que Eva Duarte fuera la compañera de fórmula del general Juan Domingo Perón en las elecciones presidenciales de 1951, hubiera “malestar” en las Fuerzas Armadas (FFAA) pero “no una presión semejante” como para pensar que le hayan exigido al entonces presidente que su mujer no fuera candidata a la vicepresidencia, como afirmó Oraldo Britos, de la Fundación Puntana Eva Perón. Los hechos históricos, por el contrario, avalan la teoría de una fuerte interna en las FFAA que generó, justamente en 1951, un intento de golpe de Estado.

 

Comandados por el general Benjamín Menéndez, efectivos de la Marina, el Ejército y la Fuerza Aérea se sublevaron contra el gobierno de Perón e intentaron derrocarlo por la fuerza el 28 de septiembre de 1951. Un grupo de caballería había salido de Campo de Mayo hacia la Casa de Gobierno. El sector de las FFAA leal al primer mandatario frustró, en horas, la intentona golpista. “Mientras tengamos soldados de honor, mientras tengamos soldados que tienen conciencia de la defensa de la Nación y de su dignidad, el pueblo puede velar y trabajar tranquilo por su grandeza”, le dijo Perón a los argentinos, desde la Casa Rosada, según Enrique Pavón Pereyra, autor del libro “Perón, el hombre del destino”.

 

Una vez más -¡ojalá sea la última!- las Fuerzas Armadas deben hacer momentáneo abandono de sus tareas específicas, en salvaguardia de los más sagrados intereses de la Nación, conculcados por un gobierno que, a través de una prédica demagógica y de permanente engaño, no ha trepidado en llevar a la Nación a una quiebra total de su crédito, interno y externo, tanto en lo moral y espiritual como en lo material”, decían los volantes firmados por Menéndez y arrojados por aviones militares, según Alicia García y Ricardo Rodríguez Molas en “El autoritarismo y los argentinos. La hora de la espada y del balcón 2”.

 

Ante esta situación, Evita, ausente en Plaza de Mayo por su salud, habló por radio: “No quiero que termine este día memorable sin hacer llegar mi palabra de agradecimiento y de homenaje, uniendo así mi corazón de mujer argentina y peronista al corazón de mi pueblo, que hoy ha sabido probar una vez más la grandeza de su alma. El pueblo argentino pide a gritos ser respetado y defendido en su voluntad soberana, en sus derechos y en sus conquistas. Los trabajadores han sabido convertirse en escudo y en trinchera de Perón. Las mujeres han dado, en esta jornada histórica, una lección de fortaleza y de fervor por la causa de Perón. A las Fuerzas Armadas que han sabido ser dignas de la grandeza de su pueblo les agradezco en el nombre de los civiles, de los descamisados. Les pido, con toda la fuerza de mi alma, que sigan siendo felices con Perón, hasta la muerte, porque Perón se lo merece, se lo ha ganado, y tenemos que pagarle con nuestro cariño las infamias de sus enemigos, que son los enemigos de la patria y del pueblo”.

 

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