Especiales • La noche de los bastones largos

El hombre detrás del uniforme

De costumbres conservadoras, pocas palabras e inquebrantable ideología, Juan Carlos Onganía intentó instalar un método estricto en una sociedad joven, emergente y verborrágica. No tuvo mucha suerte.

F. Tinelli, F. Fornero, T. Gabella y M. Chinni // Viernes 06 de mayo de 2016 | 18:57

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Juan Carlos Onganía

Ojos caídos y un bigote tupido y canoso, igual que sus patillas. La posición firme, erecta, con su uniforme militar y una cara seria que transmitía un mensaje parecido a: “Ahora llegué yo”. Así asumía Juan Carlos Onganía la presidencia de facto de la Nación bajo una nueva norma: “La Revolución Argentina”.

 

Se propuso distintas cosas a la hora de asumir, pero todas formaban parte de una misma ideología: doblegar al peronismo y a corrientes emergentes, cortar cabelleras de jóvenes entusiastas y la ilusoria idea de gobernar por cuarenta años y convertirse en el “Franco Argentino”. “La Morsa”, como lo apodó el humorista Landrú en la revista Tía Vicenta, creyó haber llegado para quedarse en el sillón presidencial.

 

De pequeño, fue siempre a colegios parroquiales, lo que lo convirtió en un católico empedernido hasta el fin de sus días. A los veinte años se graduó como teniente en el Colegio Militar, y desde ese momento empezó una carrera imparable. Tan así fue su ascenso que se convirtió en jefe del Ejército cuando encabezó a los Azules en los enfrentamientos con los Colorados durante el efímero gobierno de José María Guido, entre marzo de 1962 y octubre de 1963.

 

Su popularidad dentro y fuera de la milicia creció significativamente luego de esa revuelta, pero difícil era sacarle unas pocas palabras con respecto a eso. O a cualquier cosa. Reservado, de perfil bajo, sus pares lo apodaron como “El hombre misterio” por sus síntesis –o directamente su silencio– a la hora de comunicarse.

 

También se lo trató como un romántico: se casó con María Emilia Green Urien en 1938 en la Iglesia Nuestra Señora de Luján, y desde ese momento no se separaron. Tuvieron cinco hijos: Sara Elsa, María Emilia, Lucrecia Elena, Jorge Enrique y Juan Carlos.

 

Fanático del polo, jugaba en los clubes más exclusivos del país mientras iba creciendo su nombre en el mundo de la política militar. Sin embargo, desde esa personalidad tranquila y calma, fue creando un personaje siniestro en la historia del país.

 

Religioso, aristócrata y bastante solitario también. Pero por sobre todas las cosas, antiperonista: “Durante su gobierno buscó generar la conflictividad social y matar la producción del peronismo, pero no le salieron ninguna de las dos cosas”, explica el historiador Federico Lorenz.

 

Su austeridad y su imperiosa necesidad de seguir las normas y reglas establecidas provocaron una especie de obsesión con influir de esta manera en el pueblo argentino durante su presidencia: buscó prohibir las faldas cortas en las mujeres, el pelo largo en los hombres y la libertad de elección sexual. Su Gobierno también se destacó por la censura a la prensa, además de toda expresión cultural, ya sea el cine, el teatro o inclusive la lírica.

 

La frutilla de este postre conservador fue la noche del 28 de julio de 1966, cuando ordenó a la Guardia de Infantería reprimir a alumnos y docentes de la Universidad de Buenos Aires (UBA) con pistolas lanzagases y largos bastones. Esto ocasionó la fuga de más de setecientos cerebros al exterior –principalmente a Europa y Estados Unidos- para poder continuar con sus estudios.

 

Onganía poseía un poder de convencimiento tan grande que obvió y miró por arriba a los cuatro alumnos que fueron asesinados por la represión policial en 1969, en la ciudad de Rosario. Esto generó el “Rosariazo”, que luego devino en el apoyo del pueblo cordobés: el 29 de mayo de ese mismo año la policía se vió avasallada por el “Cordobazo”, al igual que el gobierno de Onganía. Se produjo un nuevo golpe interno y Roberto Levingston tomó su lugar.

 

Fuerte presencia, gran calidad de mando y concreto a la hora de tomar decisiones. Una personalidad insaciable de poder fue la de Juan Carlos Onganía hasta su retiro militar. Desde ahí mantuvo un perfil más bajo de lo común hasta el momento en que tuvo sus últimas apariciones políticas.

 

En 1989, el partido ultraderechista "Nacionalista Constitucional" le ofreció liderar la lista en los comicios de ese año. No llegaron a un acuerdo y no hubo candidatura, pero sí consiguió, en 1995, postularse como presidente de la Nación de la mano de la Alianza Frente para la Conciencia. Onganía y su candidadato a vice, Ricardo Paz, obtuvieron tan solo 0,02% de los votos.

 

Las elecciones de mayo de 1995 fue la última aparición en el ámbito político de aquel militar que en 1969 compartió café y cigarrillos Jockey en la Casa Rosada con el campeón mundial de boxeo, Nicolino Locche. Cuando salió de la Casa de gobierno y cruzó la Plaza de Mayo, Locche le dijo a sus amigos: “El Presidente es de lo míos, fuma Jockey con filtro”. Obsesivo de los protocolos y ceremoniales, Onganía instaló la obligación de que cualquier persona que ingresara a la Casa Rosada debía usar traje y corbata. El campeón mundial no fue la excepción a la regla.

 

El 8 de junio, menos de un mes después de las elecciones que ganó el menemismo, Juan Carlos Onganía murió. Treinta años después de su asunción al poder. 10 años menos de los que él creyó que iba a gobernar.

 

 

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