Especiales • A 50 años de la fuga de cerebros

"Podíamos actuar con la libertad necesaria"

La extrema crueldad del desalojo de alumnos, docentes y ex alumnos de la Universidad de Buenos Aires dejó una marca en los argentinos. Un oficial retirado de la Policía Federal recuerda los hechos.

L. ESPINOLA, A. SAGLIETTI, B. MASELLO y B. WAGNER // Viernes 06 de mayo de 2016 | 18:50

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El desalojo dejó un saldo de 400 detenidos y varios heridos. (Foto: Archivo del Programa de Historia de la FCEN)

“Lo más relevante de una revolución son los muertos". Eduardo Amandulé, oficial retirado de la Policía Federal

Los milicos se equivocaron, no se puede combatir el fuego con fuego. Sin dudas, eso es algo que no debería haber pasado. La fuerza de la ley no puede cometer tantas atrocidades. Uno no puede defender la ley desde la marginalidad, hay que hacerlo desde la ley. Pero hay que ver hasta dónde te debilita frente a la subversión y hasta dónde no”, dice Eduardo Amandulé, un oficial retirado de la Policía Federal sobre la noche de represión del 29 de julio de 1966.

 

Aquella noche participaron muchos de sus ex colegas. El desalojo fue en la Universidad de Buenos Aires debido a la toma de algunas facultades por parte de estudiantes, docentes y egresados que estaban en contra de la decisión del gobierno militar de anular la autonomía universitaria.

 

La intervención fue particularmente violenta en las facultades de Ciencias Exactas y Naturales y en la de Filosofía y Letras. Cinco carros de asalto, un autobomba y un centenar de agentes ingresaron a las sedes armados con bastones con orden de reprimir. Por esa razón, el periodista Sergio Morero bautizó aquel episodio con el nombre de La Noche de los Bastones Largos.

 

La violencia hizo temblar a los manifestantes. Como lo contó Morero en su libro al citar a la testigo María Cristina Wisnivesky: “En un momento los policías se pusieron detrás nuestro y gritaron "preparen, apunten" a un amigo que quiso escapar por debajo de los canas, lo agarraron de un dedo y se lo fracturaron”. Sin embargo, las armas nunca fueron gatilladas y no hubo víctimas fatales. Las consecuencias fueron otras: alrededor de 400 personas detenidas, laboratorios y bibliotecas universitarias destruidas y 1500 profesores dejaron las aulas o emigraron.

 

Cuando nosotros recibíamos la directiva de que podíamos actuar, lo hacíamos con la libertad necesaria, contó Mario Amandulé, padre del ex oficial y comandante mayor retirado de Gendarmería, activo en los `60. Y justificó: “Siempre que empieza a haber cierto desborde de los manifestantes, convocan a los grupos de contención antidisturbios. La mayoría de las veces es la propia manifestación la que trata de chocar, y ahí reciben la orden de reprimir. Primero, se los invita a desalojar, si no hay desalojo, se avanza. El responsable no es el que reprime sino el que da la orden. Si la manifestación se enmarca en lo que tiene que ser, no pasa nada”.

 

El ex oficial reafirmó la postura de su padre.Lo mas relevante para una revolución no son las armas, son los muertos. Entonces hay una técnica de los agitadores de generar una situación de reclamo sumamente justificada y muy bien motivados. Donde se provocan situaciones de choque que terminan en desbordamientos de la fuerza de seguridad o, por ejemplo, los propios agitadores te generan un muerto”, agregó.


(Fotos: Archivo del Programa de Historia de la FCEN)

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