Especiales • A 50 años de la fuga de cerebros

Bastones contra libros

El 22 de julio de 1966, la Policía Federal ingresó con violencia a cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires: Arquitectura, Medicina, Ingeniería, Filosofía y Letras, y Ciencias Exactas. La represión fue particularmente fuerte en estas últimas dos.

V. Herraz, N. Antiporovich, E. Rodríguez y S. de Inza // Viernes 06 de mayo de 2016 | 18:49

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Protestas en la Facultad de Ciencias Económicas. (Foto: Archivo General de la Nación)

“Nos pegaban con palos o culatas de rifles y nos pateaban rudamente en cualquier parte del cuerpo que pudieran alcanzar”. Warren Ambrose

¿Cómo se atreve a cometer este atropello? Todavía soy el decano de esta casa de estudios”, le gritó Rolando García al jefe del operativo policial al final de una fría jornada de julio de 1966. Ese 29 pasó a la historia como “La Noche de los Bastones Largos”. Un mes antes, el teniente general Juan Carlos Onganía había derrocado al gobierno democrático de Arturo Illia.

 

Cerca de las 22, la Policía Federal acordonó varias sedes de la Universidad de Buenos Aires que habían sido tomadas por alumnos, profesores y autoridades en reacción al decreto ley 16.912, que atacaba la autonomía universitaria. “Esa noche escuchó a su padre hablar con (Mario) Fonseca, el jefe de la Policía Federal. Eduardito me contó luego que su padre dijo: 'Andá a la Facultad de Ciencias Exactas y matalos a palos'”. La cita pertenece a Eduardo Scolnik, compañero de clase del hijo del militar Eduardo Señorans, jefe de la SIDE durante el gobierno de Onganía.

 

Para Scolnik, esa orden de reprimir, inédita en la historia de la Universidad, manifestaba también el odio que sentía el general contra quienes habían cambiado la cabeza de su hijo. Eduardito nunca volvió a su casa y abandonó sus estudios porque no quiso ser asociado con su padre. Muchos jóvenes de esa generación se sentían más cerca a la Revolución Cubana que de la Revolución Argentina que tanto defendían sus familias.

 

Rolando García salió a la calle e intentó impedir el asalto de la Policía a la Facultad de Ciencias Exactas al grito de “¿Cómo se atreven a cometer este atropello?”. Tras el primer bastonazo y con el rostro lleno de sangre se levantó tambaleante y volvió a increpar a los oficiales con mayor ímpetu. En ese momento se cumplió la orden de Señorans. Los alumnos fueron forzados a pasar entre dos filas de policías:Nos pegaban con palos o culatas de rifles y nos pateaban rudamente en cualquier parte del cuerpo que pudieran alcanzar, denunció en una sentida carta publicada por el diario The New York Times el científico estadounidense Warren Ambrose.

 

A una cuadra de la Facultad de Exactas quedaba la redacción de la revista Primera Plana. A minutos del cierre, el periodista Sergio Morero escuchó sirenas, chirridos de frenos y gritos que quebraron la tranquilidad de la noche. Su editor, alarmado, lo mandó a ver qué ocurría. “Muerto de miedo vi al cuerpo especializado de la policía entrar en Exactas con sus bastones largos y rompiendo los vidrios de las puertas mientras vociferaban: '¡Salgan comunistas de mierda! ¡Judíos hijos de puta!'”, relata Morero en su libro "La Noche de los Bastones Largos". Morero agrega:Quienes salieron con los brazos en alto fueron alumnos y profesores armados hasta los dientes con lápices y libros”.

 

Las fotos más emblemáticas de la represión son las de Exactas, gracias a la cercanía con la revista. Aunque los bastones también estuvieron presentes en otras facultades, como la de Filosofía y Letras. Así lo contó el docente de Filosofía Félix Schuster en una separata que Página/12 publicó en 2006 al conmemorarse los 40 años: Sin duda fue un anticipo de lo que pasaría en el `76. Para mí fue un golpe terrible, desde esa noche casi no pisé la Facultad, hasta el `84.

 

Muchos de los que apoyaron la represión tenían como premisa que la universidad era un nido que cobijaba comunistas y niños ricos. Tal es así que un conglomerado de agrupaciones estudiantiles liberales manifestó en un comunicado: “(Las autoridades nacionales) se vieron precisadas a adoptar está actitud ante la vigencia de una falsa autonomía universitaria, subordinada a la política subversiva del comunismo internacional, y a la violencia desatada por minorías de extremistas de izquierda y derecha”.

 

Jóvenes estudiantes, mujeres y varones, empezaron a vivir el fin del sueño de la autonomía universitaria. Los cerebros se fugaron: cerca de 1500 profesores abandonaron las aulas o se exiliaron en busca de espacios democráticos de enseñanza. Las becas empezaron a eliminarse, las cátedras se cerraron, se restringió el conocimiento. Diez años después, muchos de esos jóvenes devenidos profesores serían desaparecidos.

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