Especiales • Cromañón 10 años

"La sociedad no aprendió nada de la tragedia"

Juan Ignacio Finauri había ido a ver a Callejeros con un amigo cuando comenzó el incendio. En esta entrevista, recuerda que, a pesar de los nervios, los gritos y la desesperación, se quedó junto a él para tranquilizarlo. Ambos sobrevivieron.

Pablo Salazar // Lunes 15 de diciembre de 2014 | 20:39

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"Entendí que la vida es hoy, el día a día", asegura Juan Ignacio. (Foto: Agencia Paco Urondo)

Una vez adentro, nos quedamos cerca de la consola de sonido por la gran cantidad de gente que había. Recuerdo que Omar Chabán repetía: ‘Terminen con las bengalas porque va a ocurrir una tragedia’”. Juan Ignacio Finauri nunca imaginó que ese vaticinio estaba a punto de hacerse realidad, mucho menos cuando después de trabajar durante todo el día en un taller mecánico en la Avenida Vélez Sarsfield en el barrio de Barracas, salió de su casa con destino al boliche de Once.

 

Después de un rato, antes de que comenzara el recital, nos ubicamos debajo del primer piso que daba al pulmón de manzana”, recuerda Juan Ignacio. De los 12 amigos que fueron esa noche, sólo cinco se ubicaron en ese sitio. Los otros se desparramaron entre la gente a la espera del gran momento: la salida del “Pato” Fontanet y los primeros acordes de la guitarra de Elio Delgado.

 

Mientras sonaba la canción “Distinto”, del tercer álbum de la banda, Rocanroles sin destino, una bengala de luces se incrustó en la media sombra que colgaba del techo, lo que provocó, casi al instante, un incendio. Al mismo tiempo en que la media sombra cayó sobre la gente que estaba en el “campo”, las luces se apagaron: “Uno de mis amigos entró en pánico y tomé la determinación de quedarme junto a él para tratar de convencerlo de que íbamos a salir con vida de allí”.

 

Cuando logró calmarlo, el humo no le permitía ver nada, pero como conocía el local, en un acto de valentía y compromiso, tomó de la mano a su amigo y decidió palpar las paredes hasta llegar a la salida. El método resultó eficiente hasta que, como consecuencia de la desesperación y la presión de la gente para salir del local, tuvieron que separarse para escapar por sus propios medios.

 

Caí arriba de un ‘piso’ de tres personas, una encima de la otra. Al intentar pasar, me desplomé prácticamente desmayado y sin fuerzas hasta que los bomberos abrieron las puertas de emergencia y pude salir”, comenta Finauri, y agrega que una vez afuera se reencontró con sus amigos. Consternados y a salvo de ese infierno de cemento, se fundieron en un abrazo interminable.

 

 

El joven oriundo de Barracas fue trasladado al hospital Durand debido a la gran cantidad de humo que había inhalado. Allí estuvo varias horas internado hasta que le dieron el alta. “Antes de Cromañón, vivía planificando mi vida, pero después entendí que la vida es hoy, el día a día”, reflexiona.

 

Cada 30 de diciembre, aunque el sol brille en la ciudad, él ve todo nublado, siente tristeza, angustia y pena: “La gente que aún hoy defiende a la banda, la connivencia de la policía con los dueños de los boliches bailables y el Jefe de Gobierno de ese momento (Aníbal Ibarra) ocupando hoy una banca en la Legislatura porteña, hacen pensar que la sociedad argentina no aprendió nada de la tragedia”.

 

LOS PIES EN EL BARRIO Y EL GRITO EN EL CIELO

Juan Ignacio Finauri (29), “Juanchi” para los más cercanos, es un pibe de barrio que se crió entre arrabaleros y murgueros del Bajo Barracas, en la cornisa de los peligros (de todo tipo) que tiene para ofrecer el sur de la ciudad. Se crió en la esquina de las calles Río Limay y California, a la sombra del toldo de la despensa que le ofrecía reparo en verano y protección en los días lluviosos de invierno, en épocas donde la Play Station era la pelota de fútbol desinflada y el FIFA 2015 era “un tres contra tres” en el medio de la calle hasta que el grito de “auto” lo cortaba. Nunca faltaban los cinco pesos para la “Coca” ni su predisposición para “hacerles el aguante” a sus amigos.

 

“Juanchi” cursó sus estudios primarios en el Instituto Sagrado Corazón de Barracas y el secundario en la Escuela de Comercio Nº 18 Reino de Suecia, en Parque Patricios. Su gran amor es el Club Atlético Barracas Central, ubicado a metros de la Villa 21, entre las calles Olavarría y Luna. Juan Ignacio dedica gran parte de su vida al club y es obsecuente con sus tareas en la institución, peleándose con quien tenga que hacerlo, sin miedo a nada y siempre en defensa de sus ideales. Trabaja hace cinco años en la Secretaría de asuntos jurídicos e institucionales de la Universidad Nacional de Lanús (UNLA), en la dirección de despacho y mesa de entradas. Además, es militante de la Juventud Radical y cumple tareas ad honórem en un comedor infantil en La Boca.

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