Cultura • GONZALO Y EZEQUIEL MARTÍNEZ

Tomás Eloy, en el recuerdo

El 16 de julio, el prestigioso escritor y periodista hubiera cumplido 82 años. Sus hijos rememoran las mejores anécdotas del autor de "Santa Evita".

@camilamolteni, @Dai_Padia, M. Migliora // Martes 19 de julio de 2016 | 18:16

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Tomás Eloy Martínez nació en Tucumán, el 16 de julio de 1934.

"Los peronistas piensan que mi viejo era radical y los radicales que mi viejo era peronista. Él era periodista", cuenta su hijo Gonzalo.

Pícaro, galán y seductor. Curioso, apasionado y modesto. Su amor no distinguía entre literatura y periodismo. Tomás Eloy Martínez tenía una simpatía mágica, hacía sentir a aquellas personas que se le acercaban para hacerle una consulta que estaban a la par de él. Su hijo Gonzalo lo recuerda como un hombre “muy cercano, muy palpable y muy generoso, el tipo más dulce que había”. Era un enemigo de la pirámide invertida y solía navegar entre la verosimilitud y la exageración. Era ocurrente y a la vez disperso. Fue un distinto, la escritura lo adueñaba porque, como él mismo decía, “somos de las pasiones, no ellas de nosotros”.

 

Para Tomás Eloy, lo más importante era la inteligencia, poder mantener un diálogo con alguien sin importar la ideología. Era súper chismoso, tenía una anécdota para todo. Según su hijo Gonzalo, era pésimo dando consejos. No se dejaba influenciar por ideologías ajenas, era capaz de desayunar por la mañana con José Claudio Escribano del diario La Nación y cenar por la noche con Horacio Verbitsky. “Los peronistas piensan que mi viejo era radical y los radicales que mi viejo era peronista. Él era periodista”, recordó el segundo de los siete hijos del periodista.

 

Era un lector empedernido e insaciable que sabía hasta los colores de los lomos de los libros que había leído. Se nutría de cada charla que lograba entablar con los intelectuales de la época. Sufrió como ninguno cada pérdida de su biblioteca personal en sus viajes y exilios. Al momento de escribir, era poco metódico y debía disciplinarse. Hacía un tablero con cuadros en el cual anotaba cuántas palabras iba escribiendo. “Se sentía feliz cuando lograba dos páginas redonditas como a él le gustaba”, precisó su hijo Ezequiel Martínez

 

Nació en San Miguel de Tucumán el 16 de julio de 1934. Se graduó como licenciado en Literatura española y latinoamericana en la Universidad Nacional de Tucumán y, en 1970, obtuvo una Maestría en Literatura en la Universidad de París VII. Sus trabajos como escritor y periodista se caracterizaron por ser siempre autónomos. No se dejaba llevar por el poder y, por lo que decían sus jefes o editores, escribía a piacere. “No iba contra la corriente, él iba por la verdad”, rememoró Ezequiel. 

 

(Infografía: Rosario Ventura) 

 

En La Nación lo habían desplazado de su puesto por escribir malas críticas de las películas distribuidas por las compañías que publicitaban en el diario. Ante el pedido de sus superiores para que cambiase su opinión, los enfrentó: “Yo cobro por mi trabajo, lo que no está en venta es mi nombre”. Tampoco hizo caso alguno a las presiones de las fuerzas armadas que dirigían el país en 1972, cuando fue responsable de que Panorama sea el único medio en poner en duda la versión oficial del fusilamiento de los guerrilleros involucrados en la fuga de Trelew

 

En agosto de 1965, Martínez trabajaba en Primera Plana, que en ese momento tenía un tinte golpista. En una de las maniobras de la revista para desacreditar el gobierno de Arturo Illia, Eloy Martínez hizo una entrevista a Silvia Elvira Martorell, la esposa del presidente. Con el objetivo de ridiculizar a la señora, la mostraban como una mujer simple y “con escasas luces”, como dice la periodista Graciela Mochkofsky en el libro que cuenta la biografía de Jacobo Timerman

 

“Primera Plana era un periodismo políticamente irresponsable. El trabajo para el golpe de Onganía fue en la primera fase de la revista, cuando yo, que era uno de los tres jefes de la redacción, no lo sabía. Nosotros escribíamos como mejor nos parecía. Parece ingenuo contarlo así, pero el azar tuvo un papel muy grande en aquella entrevista. Cuando fui a ver a la señora para mostrarle los borradores de los periodistas que la habían entrevistado, ella me pidió que no cambie ni una coma. Salió tal cual, no la edité, sólo la transcribí”, le contó Eloy Martínez a Jorge Halperín para su libro "Noticias del poder - Buenas y malas artes del periodismo político". 

 

Tomás Eloy Martínez irrumpió en la narrativa con su primera obra de ficción, la novela "Sagrado", en 1969. Después eligió la crónica periodística, donde se destacó con su libro "La pasión según Trelew", en 1974. No dejó de escribir nunca más. Siempre que tenía una idea, la plasmaba en el papel. 

 

Tras las amenazas de la Triple A en 1975, mientras trabajaba en el diario La Opinión, a cargo de Timerman, fue enviado a cubrir el Festival de Cannes en Francia como agregado cultural. Por el delicado momento político en Argentina y luego de enterarse del golpe militar, viajó desde Cannes hasta Caracas, para no volver hasta el fin de la dictadura. “El principio no fue fácil”, dijo su hijo Ezequiel, quien cree que su padre logró dejar una huella importante en el periodismo venezolano gracias a la creación del Diario de Caracas, que, según explicó, “cambió totalmente lo que era el periodismo tradicional de allá”

 

Tomás con su hijo Gonzalo.  

 

Sus hijos viajaron a acompañarlo en el exilio en Venezuela en etapas, de acuerdo con el “grado de peligrosidad”, según contó Gonzalo. Luego, Tomás se separó y conoció allá a su tercera mujer, Susana Rotker. 

 

El periodista Carlos Ulanovsky recuerda a su colega por una crónica suya publicada en La Opinión en 1975 titulada "El miedo de los argentinos". “Esa nota dictada por el terror imperante en el país nos representó a todos los que habíamos padecido ese sentimiento detestable que es el miedo”, señaló. Como reflexionó su hijo Gonzalo, Tomás Eloy Martínez no sabía ni tirar con una gomera, pero era muy hábil con la pluma, y ese era el miedo mayor. 

 

FINAL DEL EXILIO

Su exilio terminó en 1983 con la vuelta a la democracia, pero su estadía en Argentina duró poco. Él y su mujer buscaron su futuro en Estados Unidos, donde habían conseguido trabajo en la Universidad de Maryland. Fue recién en 1987 que Tomás Eloy logró convencer a Susana, una brillante periodista especializada en cine y crítica literaria, de volver al país que lo había visto nacer. “Yo quería regresar a la Argentina a cualquier precio, y tal vez nunca me perdone todo lo que ella tuvo que pagar por esa obstinación: padeció tres golpes militares, una hiperinflación de locura, el comienzo de la desocupación y de la inseguridad”, contó él mismo. 

 

“La vuelta no le fue nada difícil. Todos querían capturar su talento. Él se sentía muy agradecido”, recordó Ezequiel. Eso sólo perduró cinco años, ya que decidieron una vez más volver al norte del continente. “Me pareció injusto seguir atándola a mi destino. Hice al revés: me uní yo al de ella, y así nos fue mejor”, relató. Durante ese tiempo, Tomás Eloy fue parte de la Cooperativa de Periodistas Independientes que editaba la revista El Porteño, y creó el suplemento literario Primer Plano del diario Página/12, el cual siguió dirigiendo a distancia con mucha dedicación. 

 

"SOY COMO ESCRIBO, SOY LO QUE ESCRIBO"

Martínez era un apasionado de lo que hacía, un escritor que con su pluma descartó todo tipo de abismo entre literatura y periodismo. “Soy como escribo, soy lo que escribo”, como él mismo recita entre los párrafos de "El vuelo de la reina". En el '95, con la exitosa novela "Santa Evita", se transformó en el autor más traducido de la historia argentina. Cinco años más tarde, su tercera esposa -Susana- muere embestida por un auto frente a él. En un texto que resulta una declaración de amor inmensa, a un mes de su muerte, Tomás le agradeció: “Ella me dio la ternura que hacía falta para no desfallecer en esa empresa de Sísifo que es la escritura de cualquier novela, valga o no valga la pena”

 

Tenía 76 años, su salud era muy frágil y sin embargo él no estaba satisfecho de información. Nunca le fue suficiente, aún en sus últimos años de vida. Siguió escribiendo, siguió investigando, siguió leyendo. 

 

Quería ver el mar por última vez. Toda la familia se trasladó a Mar de las Pampas para cumplirle el deseo, y él nunca dejó de sonreír. “Yo por la muerte lo único que tengo es una gran curiosidad”, le confesó a su hijo Gonzalo cuando ya sabía que el cáncer le iba a ganar. Murió el 31 de enero de 2010, pero su memoria sigue intacta en cada una de sus palabras.

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